martes, 18 de noviembre de 2014

Middle Age Freak: Regreso a la Escuela


Realmente yo no recuerdo haber sentido pánico o angustia ante el inminente regreso a la escuela, tras acabar las vacaciones. Lo que sí recuerdo era la algarabía con la compra de los útiles escolares, aunque eso casi siempre fue después de haber regresado a las aulas. También recuerdo el fastidio que significaba volver a levantarse temprano por las mañanas, luego de semanas de desvelos y de haber dormido a nuestro antojo. Igualmente, como a muchos, también pasé por la presión de intentar cumplir semanas de tareas pendientes en el último fin de semana de las vacaciones.


De nuevo aclaro, realmente no recuerdo haberme angustiado conforme el último domingo iba consumiéndose, dando paso al primer lunes de clases y de vuelta a nuestra vida cotidiana de jóvenes estudiantes. Sin embargo, cuando se trataba de volver a la escuela, una imagen siempre aparecía en mi mente: Mafalda.



Desde que tengo memoria, mi papá ha sido un fiel admirador de Mafalda y tiene su obligada colección de tomos con todas las tiras que publicó Quino en su momento. Por lo tanto, desde temprana edad, también comprendí las tribulaciones que pasaban Mafalda y sus amigos, conforme se acercaba el primer día de clases.


Recuerdo mucho la situación del uniforme, pues, como a muchos les ocurrió también, nuestros padres, en su siempre loable empresa de salvaguardar la economía, nos compraban un uniforme de una o dos tallas mayor a la nuestra, contemplando que, subiendo el dobladillo y las mangas, nos serviría también para el año próximo, considerando que no lo haríamos trizas en los primeros partidos de fútbol u otros juegos en el patio. Con que ganas nos hubiera gustado grita entonces; “¡Me niego a que me anden cosiendo y descosiendo el porvenir!”


Levantarnos temprano siempre fue un suplicio para nuestros padres, quienes tenían que levantarse antes para prepararnos el desayuno o acabar nuestra tarea que no pudimos terminar la noche anterior, aparte de atender sus propios deberes. Por eso era comprensible que perdieran el control cuando, algún día nefasto, nos montáramos en nuestro potro, negándonos a levantarnos e ir a la escuela. Sin embargo, parafraseando a Manolito, hay que reconocer el nivel de oratoria que tienen las zapatillas de nuestra mamá, o los anecdotazos de nuestro papá.


Estando en primara, era difícil que encontráramos a alguien tan bruto como Manolito, pero algunos tuvimos la curiosa suerte de tener a algún compañero que no hubiera entendido nada desde marzo hasta ahora, salvo que la primavera arranca y empieza por marzo y acaba con la compra de los regalos de Navidad; o incluso desafiara a los maestros que le pusieran malas notas porque, por Dios, hacerle eso a un cliente. Pero recordemos que la educación de todos siempre sera una gran inversión, sin importar la cara de déficit que tengamos.


La educación mexicana siempre ha sido cuestión de polémica, dada la calidad de nuestros educadores y los programas de estudios. Sin embargo tampoco nosotros tuvimos la iniciativa de pedirles a los maestros que dejaran de enseñarnos sandeces como que los Insurgentes y Revolucionarios peleaban para hacerse propaganda, o que mi mamá me mima, me ama, me amasa y no sé que tanto, y nos enseñara cosas realmente importantes. Pero tampoco era para desesperarlos hasta que nos gritaran “¡estúpidos!”, para luego responderles; “¡antipátidas!”.
También era conveniente tener ubicado al clásico barbero o consentido de los maestros, porque una cosa es no tener conciencia gremial, pero el colmo era pasarse al sector patronal.


Finalmente, luego de las primeras semanas de adaptación, uno debe soportar un determinado nivel de angustia durante un largo año, con la insoportable maestra, las tareas, los exámenes, que las monocotiledóneas tienen los tallos plisados, que el continente americano tiene no sé que cosa, y que las invasiones inglesas nada tienen que ver con Los Beatles o los Rolling Stones. Luego, cuando súbitamente llega el siguiente periodo de vacaciones y todo lo anterior ha quedado atrás, encaramos una nueva clase de angustia: “¡Dios mío! ¿Ahora qué vamos a hacer con tanta libertad?”.


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