martes, 25 de noviembre de 2014

Middle Age Freak: “¡Ah, chinga!..”


En las primeras semanas de agosto del 2001, Columbia Pictures presentó en México la película Final Fantasy, The Spirit Within, una de las producciones más esperadas de aquel año, así como uno de los mayores fracasos de la naciente industria del CGI. Pero el día de la función para medios de comunicación también se proyectó el primer avance realizado para la primera película de El Hombre Araña, aquel donde una banda de maleantes asaltaba un banco y escapaban en un helicóptero, siendo interceptados por el Hombre Araña, quien lograba atraparlos en una telaraña gigante, montada entre las dos Torres Gemelas del WTC.

Muy emocionados, todos los presentes comprendimos que habíamos sido testigos de uno de los mejores avances cinematográficos que se hayan realizado en décadas y muchos apenas podíamos esperar para verlo nuevamente.

Entonces llegó el 11 de septiembre del 2001.

En ese entonces yo tenía 23 años y trabaja para la editorial Editoposter, concretamente para su publicación Conexión Manga. Llegaba a la oficina a las 11 de la mañana, por lo que me levantaba a las ocho para alistarme, antes de bajar a desayunar mi malogrado café y pan tostado.

Por costumbre encendía la televisión para entretenerme con algún programa, mientras preparaba el café. Ese día, en cambio, vi un reporte de noticias al que, por reflejo, no le presté mucha atención. Empecé a cambiar canales, antes de darme cuenta que cada canal transmitía reportes sobre el mismo evento. Entendí entonces lo grave de la situación. El café se enfrío en mi mano antes de que pudiera acabármelo.


Permanecí atento a las noticias, asimilando todo lo que podía y esperando que los edificios del WTC resistieran los impactos de los aviones, sin darme cuenta hasta después que lo que estaba viendo eran reportes de eventos sucedidos hace unas horas y que las torres habían caído mientras yo me bañaba y vestía. Supe que había más aviones secuestrados y se esperaban más ataques; vi que algunas personas habían intentado salvarse del fuego en los edificios saltando por las ventanas; supe que las nubes de polvo que se habían levantado al derrumbarse las torres habían vuelto irrespirable el aire en varias manzanas alrededor del área que, en el futuro inmediato, llamaríamos la zona cero.


Ese día llegué una hora tarde a la oficina, donde, evidentemente, el tema de los atentados estaba en boca de todos. No recuerdo que detuviéramos el ritmo de trabajo, pero sí que aprovechábamos cualquier situación para hablar de ello o seguir informándonos a través de la televisión o, en menor medida, por Internet, que todavía no era el grandioso medio de comunicación que es ahora.


Llegó entonces una de las colaboradoras de Conexión, que constantemente presumía de parientes y ascendencia estadounidense, lo que sinceramente muchos no creíamos que tuviera. Una muchacha cordial y amable, que ese día saltó como un perro de ataque y directo al cuello de nuestro director, cuando este aventuró un comentario sin mala intención, pero sinceramente despectivo sobre la situación y sus víctimas. Creo que en ese momento se sembró en mi cabeza la idea de que las cosas cambiarían para siempre.

Desgraciadamente no me había equivocado. En semanas y meses posteriores al ataque fuimos bombardeados con mensajes sobre el renaciente patriotismo norteamericano; reportes sobre la guerra de Afganistán y la invasión a Iraq; teorías de conspiración; fastuosos homenajes a los héroes, víctimas y para las mismas Torres Gemelas; la popularización del término 9/11; el cambio en las políticas de la seguridad aérea comercial; la creciente paranoia entre la población civil de los E. U.; la infame Ley Patriótica, que legislativamente fue una tragedia equivalente a los mismos atentados; un grandioso documental de Michael Moore y una abominable película de Oliver Stone. Mucha información para tan pocos meses.


Pero dejaría de ser yo si no recordara con mayor fuerza aquellas situaciones, en comparación irrelevantes, pero propias de nuestra comunidad: la muerte del productor y co-creador de la serie de TV Frasier, David Angell, quien falleció junto a su esposa en los atentados al WTC; o volviendo al Hombre Araña, está su edición especial de portada negra y donde por primera vez muchos vieron llorar al Dr. Doom; o la alteración que se le hizo al primer cartel de la película, añadiéndole su ahora famoso mensaje: “¡Ah, chinga! ¿Y las Torres?”


Si, el mundo ya era otro y no volvería a ser el mismo. Ni siquiera algo parecido. Y nunca volvería a ver de nuevo ese maravilloso avance en el cine.
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