miércoles, 10 de enero de 2018

Middle Age Freak: La Raza y Varios Más IV - La Pequeña Sirenita & Pulp Fiction.



Hace unos días, recién empezado el año, pasé por las calles de Iturbide y Bucareli, deteniéndome un momento para reconocer la fachada del cine Palacio Chino, dándome cuenta de lo inclemente que puede ser nuestra sociedad, pues la decadencia del Palacio Chino fue una cuestión más del descuido de sus propietarios que del paso del tiempo.



 

Inaugurado el 29 de marzo de 1940, el Palacio Chino, junto con los cines Teresa, Ópera y Metropolitan (principal contendiente por su cercanía), se convirtieron en estandarte de los teatros cinematográficos de nuestra ciudad y símbolo de una sociedad donde acudir al cine podía ser tanto una distracción popular como una ocasión de gala. En este segundo aspecto el Palacio Chino era insuperable, con su doble entrada, una sobre la calle de Bucareli y la principal sobre Iturbide, donde la gente formaba grandes filas cada semana para ocupar alguna de sus cuatro mil butacas de lujo, pasando su tiempo de espera admirando la decoración y murales de Juan Campos y Humberto Ramírez que reproducía pagodas de oro y plata y templos orientales, consiguiendo que el espectador empezara a transportarse a otra realidad desde el momento en que entraba al recinto. Porque ir al Palacio Chino era parte de la visión cosmopolita que dominaba en la zona centro de la ciudad durante las décadas de los 40 y 50, de la vida nocturna de una metrópoli de amantes bohemios y trasnochadores y la vida familiar de fin de semana.


Para mediados de los años 60, habiendo vendido la mitad de su espacio, el Palacio Chino se había convertido en un cine popular, pero que todavía conservaba mucha de su clase y carácter familiar. Este fue el Palacio Chino que conocí y donde mi madre me llevó a ver La Pequeña Sirenita. No la versión dulcificada de Disney sino la de Toei Animation, un espectáculo que abría y cerraba con tomas generales y auténticas de Dinamarca, enmarcando una historia fiel al cuento original de Andersen, incluyendo el trágico final donde la sirenita, incapaz de asesinar al príncipe para salvar su propia vida, se convierte en espuma de mar. Una visión muy intensa para un niño de apenas cuatro años. Y lo que más recuerdo de esa función fue el juguete que me compraron al salir; una taza en forma de pez con agua y jabón que lanzaba burbujas por su boca al soplar por el extremo de una aleta.


En décadas posteriores, el Palacio Chino dejó de ser símbolo de la ciudad para convertirse en una parte poco distinguible, aunque indeleble, de la misma. Habiéndome mudado a la periferia de la ciudad, mis visitas a este lugar se redujeron significativamente, hasta que finalmente, en 1994 y durante una escapada de pinta de la escuela con varios compañeros, fuimos a ver Pulp Fiction. Entonces el Palacio Chino todavía no caía en control de Cinemex, aunque sus lunetas sí se habían convertido en multi-salas. Pero Pulp Fiction pudimos verla en su pantalla original, en un amplio salón decorado majestuosamente y que preservaba la arquitectura y decoración que le daba su nombre. Ninguna proyección en cualquier sala moderna podrá superar la impresión que me dejó entonces el discurso bíblico de Samuel L. Jackson antes de ejecutar a su víctimas.


En sus últimos 20 años Cinemex redujo al Palacio Chino a un nivel popular, no solamente por ser en algún momento el complejo con los precios más baratos de la cadena, sino por su pobre trabajo de remodelación y posterior descuido de sus instalaciones, aunque su cierre definitivo se debió principalmente a la decisión de los dueños del inmueble de no renovar el arrendamiento. Finalmente, tras 77 años de historia, el año pasado se anunció el cierre definitivo del Palacio Chino y, en general, también el de una era que comenzó con una cálida felicitación de Charles Chaplin por su inauguración y culminó con un frío comunicado por parte de Cinemex, pasando (en mi caso) por una trágica sirenita convertida en espuma y un maletín cuyo misterioso contenido dorado nunca supimos qué era.


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