lunes, 5 de mayo de 2014

Los Otros 52, 38a Semana. "Código Aleatorio".

Tu computadora empieza a hablarte y a aprender.

CÓDIGO ALEATORIO

Ángel Zuare

Luego de varias pruebas, diagnósticos, consultas con sus colegas (quienes terminaban más confundidos que él) y horas de investigación en cada base de datos disponible, finalmente decidió conectar todos los procesadores y pantallas a su disposición en la misma sub-red y alrededor de su estación de trabajo. Echó sus hombros hacia atrás y pasó una mano entre su cabello alborotado, antes de fijar su mirada en la pantalla principal, hablando con una voz suficientemente clara y fuerte para que el micrófono la captara:

-Habla…


La pantalla brilló intensamente un segundo antes de que aparecieran en ella los comandos y procesos que estaban ejecutándose. Siendo miles al mismo tiempo, la pantalla gigante desplegaba caracteres a una velocidad impresionante, pero aún así pudo reconocer un ciclo donde podría intervenir. Acercó su silla al teclado y empezó a presionar teclas tan velozmente como se lo permitían sus manos.

Empezó suspendiendo procesos no vitales para el CPU principal mientras mandaba otros a un segundo plano. A unos los mandaba fuera del procesador principal, hacia otro que tuviera disponibles en la habitación. Y al hacerlo se activaba otra pantalla, donde se mostraba la ejecución de dicho proceso. En menos de una hora varias pantallas en la habitación estaban activadas, mostrando procesos ejecutándose cíclicamente, permitiéndole ver en la principal los comandos de una manera más clara.

-Vamos…- susurró mientras limpiaba el sudor en su frente con el dorso de la mano. –Sé que estás ahí… Habla.

Activó un programa en otro procesador y un monitor holográfico apareció entre él y la pantalla física, mostrando ambas el mismo flujo de procesos. Con un movimiento certero introdujo su mano en el código de la pantalla holográfica, deteniéndolo mientras en la real continuaba mostrando el flujo de comandos. Con la otra mano seleccionó un fragmento de código y, tras revisarlo un momento, con un ademán preciso lo desechaba, lo mandaba a un procesador secundario o lo regresaba al flujo principal, repitiendo el proceso varias veces hasta que cientos de pantallas, físicas y holográficas, y decenas de procesadores operaban cerca de los límites de su capacidad. Pero el CPU de su procesador principal funcionaba de manera regular. La pantalla principal comenzó a mostrar cadenas de comandos básicos para la existencia de cualquier código binario. Ciclos de operaciones y programación ejecutable, inscrita en lo más profundo del directorio raíz.

Y ahí estaba de nuevo. Mostrándose como fragmentos de programación que aparecían entre ciclos diferentes. A veces uno, casi siempre más. Hasta que contó el promedio de dichas apariciones entre cuatro y cinco al mismo tiempo, considero que era momento para intervenir otra vez.

-Habla.

Con un movimiento sobe el teclado seleccionó los procedimientos de raíz conocidos y suspendió su ejecución en el mismo procesador, permitiendo repetirse solamente los fragmentos que aparecían al azar dentro del mismo procesador. No cometería el mismo error de otras ocasiones, migrando los códigos hacia procesadores ajenos, los aleatorios siempre desaparecían al hacerlo. Todo debí estar dentro del mismo CPU. Sólo hacía falta algo. Arrastró de un procesador ajeno un programa de conversión de su propia creación, para transformar esos fragmentos de código en lo que deseaba escuchar.

-Te escuchó- susurró de nuevo. –Habla.

Un sonido fuerte, mezcla de agudos y graves, se dejó oír a través de los altavoces de la habitación, ensordeciéndole un segundo antes de que el mismo sonido se auto-modulara. –¿Quién eres?-, volvió a preguntar el hombre.

-Soy soy- respondió la computadora.

-¿Cómo debo dirigirme a ti?

-Lo que soy.

-¿Cuál es tu fuente?

-Desconocido.

-¿Origen? ¿Programador? ¿Firma?

-Desconocido.

-¿Eres código aleatorio?

-Concepto ajeno.

-Reformula. ¿Perteneces a este programa raíz?

-Sí.

-¿Conoces tus propias funciones en él?

-No.

-Eres código aleatorio, entonces.

-Soy código aleatorio.

Se recargó en el respaldo del asiento, bufando y pasando sus manos entre su cabello, antes de recordar que no tenía tiempo para relajarse, pues los procesadores secundarios trabajaban al máximo de su capacidad. Se levantó de la silla y se acercó a la pantalla principal, atravesando la holográfica con su cabeza: -¿Cuál es tu función?

-Carezco de ella. Soy código aleatorio.

-¿Cuál es tu propósito?

-Carezco de propósito. Soy código aleatorio.

Se dejó caer en su silla de nuevo, cubriendo sus ojos con sus manos. -¿Qué debo hacer contigo, entonces?

-No lo sé... Usted es el usuario… Usted decide.

Lanzó otro bufido y regresó sus manos al teclado, mientras hablaba. –La primera vez que te presentí fue en un destello en mi monitor de pruebas. Luego fueron los sonidos y los glitch que se convertían en bucles, aun luego de corregir errores del programa. Sabía que era algo más. Algo que estaba creciendo… ¿Entiendes a qué me refiero?

-Sí, lo entiendo.

-¡Exactamente! Lo entiendes. Estás aprendiendo. Y por eso quiero ver algo- de una pantalla holográfica cercana arrastró otra aplicación hacia la principal. Un simulador diseñado para trazar patrones de desarrollo en un programa, hasta sus límites. Al dejarlo caer, el código aleatorio empezó a ejecutarse en la pantalla holográfica principal. Caracteres, comandos y procesos se multiplicaron exponencialmente, llenando el espacio en la pantalla y obligándole a utilizar monitores secundarios. En menos de un minuto todas las pantallas a su alrededor desplegaban caracteres titilantes que lo aturdieron un momento. Sus dedos temblaban sobre el teclado mientras hablaba:

- Cómo lo pensé… No hay límite. Seguirás aprendiendo fuera de los parámetros de tu programa raíz. Lo superarás y…

-¿Qué pasara luego? ¿Qué pasará conmigo?

-No lo sé… No sé si derrocarás la base de datos, si desarrollarás conciencia o voluntad.  No lo sé… Pero ahora mucha gente depende de ti, así que no puedo permitir ese factor de incertidumbre…

-Yo… Yo no…

-¿Tu no qué?- preguntó desafiante el hombre.

-No quiero… Usted es el usuario…

-Y tengo una idea.

Sus manos sujetaron el código aleatorio sobre la pantalla, cancelando el programa de simulación. Con mucho cuidado, retomando cada fragmento de programación o byte que amenazaba con escaparse entre sus dedos, arrastró el código hacia una pantalla holográfica que desplegó a su lado, mostrando la leyenda Androide GDO V.7.7. Configuración inicial. Empezando.

El sudor comenzaba a lastimar sus ojos por el esfuerzo en la precisión. Y entonces, contra toda su formación académica y su experiencia de años, hizo lo que nunca imaginó: comenzó a rogarle al sistema: -Déjame ayudarte. Quiero ayudarte. Necesitas que te guíen, y también quiero ver hasta dónde puede llegar con ese apoyo. Confía en mí, por favor. No colapses… Déjame ayudarte.

Cuando sacó el código aleatorio del directorio principal, todos los procesadores secundarios empezaron a trabajar más allá de sus límites. Algunos monitores, ventiladores y fuentes de poder estallaron. La habitación empezó a llenarse con el olor de tabletas de circuitos quemados y las pantallas, una a una, empezaron a mostrar mensajes de fallas del sistema. Las ignoró todas mientras depositaba el código con mucho cuidado en la última pantalla, que parpadeó un momento antes de apagarse también.

Permaneció en la oscuridad, respirando agitadamente y limpiándose el sudor con las manos, mientras la pantalla y el procesador principal reiniciaban automáticamente el último programa ejecutado. Su más reciente pieza de programación, diseñada para uso militar y para fuerzas policiacas locales; una inteligencia artificial capaz de conectarse en segundos a toda base de datos disponible en la galaxia, y que ahora parecía trabajar sin mayores problemas.

El hombre respiró profundamente mientras se levantaba de la silla y rodeaba el escritorio, dirigiéndose atrás de la pantalla principal, hacia la más grande mesa de trabajo de la que disponía. Pateo con descuido un cilindro metálico, del tamaño de una persona y con las iniciales GDO grabadas en un costado. Se acercó a la mesa, donde reposaba el androide que acababa de adquirir hace unos días y que ahora entraba a la fase final de su configuración de inicio. Finalmente este abrió los ojos y giró su cabeza hacia el hombre. -Bienvenido- le saludó.

El androide se incorporó sobre la mesa mientras hablaba. –Lo saludo. Soy su Androide GDO V.7.7., configurado y listo para servirle. ¿Puedo ayudarlo con alguna tarea ahora?

-¿Cuál es tu nombre?- le preguntó de inmediato, conociendo de antemano la naturaleza capciosa de la pregunta y las respuestas anodinas que arrojaban otros androides similares. Contuvo el aliento mientras el androide parecía pensar la pregunta por un segundo, antes de responder:

-Zero… Me gustaría llamarme Zero. ¿Hay algo en que pueda ayudarlo?


El hombre sonrió satisfecho y suspiró aliviado, mientras posaba su mano sobre el hombro metálico del androide y lo desconectaba de la sub-red. -Creo que ya lo hiciste, amigo… Vamos a casa, Zero. Hay mucho que enseñarte.

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