lunes, 24 de febrero de 2014

Los Otros 52, 28a Semana. "Siempre Antiguo. Siempre Nuevo"

Puedes evitar que ocurra un evento en la historia.

SIEMPRE ANTIGUO. SIEMPRE NUEVO

Ángel Zuare

Sobre la calle de Londres, en el corazón de la Zona Rosa, se levanta la fachada del Hotel Geneve. Inaugurado en 1907, actualmente a este hotel se le considera el más legendario de la Ciudad de México y lugar donde se han dado varias anécdotas interesantes en la historia de nuestro país. Por ejemplo, la administración inaugural del hotel consentía que las mujeres se hospedaran solas, sin acompañantes varones, que era mal visto por todos los hoteles de la época. También, en su famoso restaurante Palm Garden, oficialmente se sirvió el primer sándwich en México.

Las anécdotas son aún más interesantes cuando revisamos los registros y descubrimos que en sus habitaciones se han hospedado personalidades como el actor Marlon Brandon, el revolucionario Rodolfo Fierro, el diplomático Winston Churchill, la primera embajadora soviética Alexandra Kollontai, el aviador Charles Lindbergh y el cuentista Julio Cortázar, entre otras figuras importantes, incluyendo a presidentes nacionales como Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho y Porfirio Díaz.

Por cierto, justamente el 20 de noviembre de 1910, día señalado por Francisco I. Madero en su afamado Plan de San Luis para que el pueblo se levantara en armas contra el gobierno de Díaz, este se presentó con su familia para comer despreocupadamente en el Palm Garden, para dar la impresión de que no pasaba nada. A pesar del llamado a las armas de Madero y de la muerte de la familia Serdán en Puebla, días antes, no pasaba nada. Pagaron treinta pesos de la época por la comida.


El recibidor del Hotel Geneve, contrario a lo que podríamos pensar, está abierto al público como un pequeño museo donde se pueden apreciar vitrinas con artículos reunidos durante la historia del hotel (pequeñas prendas de vestir, utensilios y más), junto con breves biografías de sus huéspedes más distinguidos. Todo montado en los pilares centrales del recibidor. Trajes de toreros, mapas de la época, una vieja máquina registradora, pinturas y fachadas preservadas o restauradas, a pesar de los tiempos conflictivos que el hotel vivió durante la Revolución Mexicana, donde fue declarado zona neutral, o del terremoto del 85, donde, milagrosamente, no sufrió ningún daño.

Y claro, también está el Bar del Teléfono.

No muy diferente a otros bares de hotel, este recibe su nombre por el teléfono antiguo de imitación, montado en una pared junto a la entada. Realizado en madera, con su dial para marcar en un acabado dorado, resalta aún más por dos placas metálicas montadas junto a él. En la primera se explica que Tomas Alva Edison, luego de obsequiarle al presidente Díaz uno de sus primeros fonógrafos durante una visita que el mandatario realizó a la ciudad de Nueva York, pocas semanas después recibió un agradecimiento en forma de un cilindro de cera, con la voz grabada del propio Porfirio Díaz, el día 15 de agosto de 1909 (la Fonoteca Nacional la considera la primera grabación de audio en la historia del país), donde el presidente alabó el talento y esfuerzos de Edison en su búsqueda de la superación de la humanidad a través de la ciencia.

La segunda placa junto al teléfono simplemente dice: Levante la bocina para escuchar a Porfirio Díaz.

Así que simplemente levanto la bocina, la acerco al oído y de inmediato empiezo a escuchar una voz que explica el motivo de la grabación y presenta a don Porfirio Díaz, quien empieza a hablar con una voz recia y avejentada. Cerrando los ojos casi puedo imaginarlo sentado en su silla, con su ajuar presidencia y moviendo sus característicos bigotes encanecidos mientras comienza a hablar:

Chapultepec, agosto quince de mil novecientos nueve. Señor Thomas A…

No le llama Alva, sino que pronuncia la letra A. Qué curioso…

… Edison. Estimado y buen amigo. Me refiero a su grata ocho de julio.

Y curiosamente, simplemente así, sin proponérselo o meditarlo, en uno surgen las ideas y de repente me encuentro hablando al teléfono, a sabiendas que lo único que podría escucharme es un reproductor de mp3 conectado a la bocina de este teléfono falso:

-Mata a Francisco I. Madero.

Yo también, como usted, recuerdo con placer el tiempo aquél en que tuve la satisfacción de conocerle y conocer sus atrevidos experie…

El dignatario, el militar, el soldado, tartamudea en este punto. Casi puedo verlo apretar los puños y relamerse los labios rápidamente para corregirse:

… experimentos...,

Yo sólo atino a repetir:

-Mata a Madero.

…, haciéndome participe de su fe inquebrantable en el grandioso porvenir de las ciencias físicas.

-Lo conociste meses atrás. Lo subestimaste. Ahora está haciendo propaganda política de sus ideas en el sur del país. Se postulará para la presidencia contra ti el próximo año.

Fue allá en su patria, en los primeros días de la luz eléctrica en Nueva York, y desde entonces presentí en usted al héroe del talento. Al triunfador del trabajo. Al que más tarde habría de someter a disciplina el fuego arrebatado por Franklin a los cielos…

-De inmediato lo harás encarcelar en San Luis por conato de rebelión. Saldrá por fianza y huirá a Texas. Desde ahí convocará a que el pueblo se levante en armas el veinte de noviembre. No puedes permitir que nada de eso ocurra. Mátalo.

La voz de Díaz se detiene por un momento. Y yo sólo alcanzo a pensar que el reproductor se ha descompuesto o que la bocina se ha desconectado. Pero todavía puedo escuchar las vueltas del cilindro de cera y el ruido blanco propio de grabaciones tan antiguas.

… para perpetuar acá en la tierra, en sus maravillosos aparatos fonográficos, la cariñosa voz de los seres amados, reproduciendo todos los ritmos, todos los acentos y todas las modulaciones del lenguaje humano.

De nuevo la voz se detiene, pero la grabación sigue. Y entonces me doy cuenta que esta es una de esas sencillas ideas que amenazan con volverse grandes si resulta que uno está en lo correcto. Y también es cuando nos gana el nerviosismo y alzamos la voz, lo que en este caso no parece importarle a nadie, aunque el hotel está mucho más concurrido ahora que de costumbre. Muchas figuras y sombras entrando y saliendo, por los pasillos y elevadores, casi el mismo tiempo. Díaz simplemente no habla…

-¡La cagaste en la entrevista con Creelman, diciendo que no te postularías en las elecciones de mil novecientos diez! ¡Ahora no la cagues con Serdán! Se esconderá bajo el piso de madera de su recámara. Lo quieres vivo, ¡pero mata a Madero! En la cárcel o en su huida a Estados Unidos, pero mátalo. ¡Mátalo!

-You gonna take much longer, my friend?

Marlon Brandon quiere usar el teléfono para avisar que llegará tarde al junket con la prensa nacional para hablar sobre su nueva película, Julio César. Nadie nunca le preguntara sobre su malograda caracterización de Emiliano Zapata. Le indico con la mano que no tardaré mucho y él asiente, retirándose para sacar un cigarro. Vuelvo a escuchar a Díaz en el teléfono:

Me es grato complacerle porque tengo en muy alta estimación a los grandes benefactores de la humanidad, y usted es uno de ellos porque usted ha criado…

Dice criado en lugar de creado. Por más que lo refinó su mujer, parece que hubo cosas que no logró corregirle. Volteo atrás y Brando ya no está ahí. En cambio veo como Alexandra Kollontai se despide ceremoniosamente del presidente Elías Calles, antes de marcharse hacia los elevadores. Calles, tal como él y Alexandra acordaron mediante miradas, esperará algunos minutos que se verán correctos ante otros ojos, antes de seguirla.

… nuevas fuentes de felicidad, de bienestar y de riqueza para el género humano, utilizando las más poderosas fuerzas conocidas:

Miro de reojo y me doy cuenta que la vitrina con la placa describiendo la visita de Winston Churchill al hotel, a mitad de su viaje a Cuernavaca y con motivo de visitar la ciudad en su ambiente postrevolucionario, ya no está. No distingo lo que ocupa su lugar porque me distrae la ceremonial llegada de William Randolph Hearts y Marion Davies, luciendo en sus sonrisas la victoria de haber logrado hundir a un director de cine malintencionado y su película de poca monta. En otro extremo del recibidor, Charles Lindbergh camina junto a su hijo, Charles Jr., que recién ha cumplido veintiún años.

No tengo más tiempo. Hay que acabar aquí para regresar a casa…

… Luz…

… y preparar las maletas. Mañana debo estar en la base a primera hora, con la División 201 para los festejos de aniversario de su participación en la guerra.

…, electricidad…

Llegaré más rápido si viajo por tren, aunque tenga que madrugar para llegar a la estación.

…, trabajo y genio…

Un momento. ¿Qué estaba haciendo yo aquí? Ah, sí, escuchar la grabación del presidente Díaz para a Tomas Edison. Jamás la había escuchado antes. Tal vez podamos usarla para sus fiestas de natalicio o para conmemorar el aniversario de su décimo periodo.

Su amigo, que con orgullo estrecha su mano.  Porfirio Díaz.


Sonrío al colgar la bocina y sigo haciéndolo mientras abandono el Hotel Geneve, caminando sobre la calle de Londres y frente a algunos destacamentos de policía militar; tiendas de regalos, artesanías y restaurantes con sus precios expresados en la misma cantidad para pesos y dólares; y pensando en que no será mucho trabajo obtener esa grabación de Internet cuando vuelva a casa.  

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