lunes, 7 de octubre de 2013

Los Otros 52. Octava Semana

Persona, lugar o cosa: El Sol

INTI Y HELIOS EN EL ORTO

Ángel Zuare

En el video puede verse como ambos dioses descienden sobre la playa, mientras el sol empieza a asomarse por el horizonte. Siendo yo el único que se quedó despierto luego de que las cervezas, la mota y el sexo derribaron a los demás, pude verlos perfectamente. Fueron llegaron dos esferas brillantes bajando del cielo sobre nosotros, lo suficientemente lento como para darme tiempo de sacar mi celular y encender la cámara.

Las esferas tomaron formas humanoides gigantes cuando pisaron tierra. El primero fue Inti, con su imponente presencia y su piel imposible de asegurar si se trataba de granito puro o una armadura de roca. De su rostro, cubierto con una máscara de expresión afable, brotaba el fulgor de los rayos solares. Por su parte, Helios resaltaba por su delicada belleza, coronada por una brillante aureola mientras tras sus ojos se fijaban en el horizonte y sobre el sol que continuaba emergiendo lentamente.

Caminaron hacia la playa sin reparar en mí presencia ni en mi Handycam HD. Yo permanecí sentado y grabándolos mientras ellos dejaban que sus pies se bañaran en el agua. Se sentaron sobre la arena y empezaron a hablar en idiomas que no entendí. Tal vez uno era quechua. Quizá griego antiguo el otro. Permanecieron así durante varios minutos, hasta que la base del sol se separó de la línea del horizonte y sus rayos bañando toda la playa. Ambos se pusieron de pie y primero Helios levantó su mano. Entonces cuatro destellos brotaron del sol naciente y, siguiendo el movimiento del brazo de Hélios, pasaron sobre nosotros, sobre la playa y más allá. Entonces Inti levantó sus brazos y los rayos alrededor de su rostro enmascarado brillaron con más fulgor, mientras el sol de la mañana empezaba a brillar con similar intensidad, cubriendo de calidez toda la arena y el aire de la playa.

Y en un parpadeo de mi parte, ambos se convirtieron de nuevo en esferas brillantes y se elevaron para luego perderse en diferentes direcciones del firmamento, sin darme tiempo de decidir a quién seguir con la cámara.
No desperté a nadie. Esperé a que el sol de esa mañana levantara a todos sufriendo dolores de cabeza o nauseas repentinas. Y después de desayunar, mientras fumaba mi segundo churro de ese día, les conté lo que había visto y dejé que vieran lo que había grabado en la cámara. Pero lo único que ellos vieron fueron reflejos solares por haber grabado directamente hacia el sol. Me devolvieron la cámara mientras se morían de risa y me recomendaba que no volviera a hacer eso pues podría dañar el lente.

Supongo que no todo fue pérdida. De la experiencia aprendí que ni siquiera a los dioses hay que filmar o fotografiar a contraluz.

(en otro lado del mundo)
FLEGONTE, AETÓN, PIROIS Y ÉOO EN EL ORTO

Después de levantar el sol esa mañana y como cada día, los cuatro corceles de Helios lanzaron una última bocanada de fuego y descendieron sobre pradera para alimentarse pastando, mientras el día transcurría. Comieron hasta hartarse de un pasto tan verde y fresco como no habían probado en décadas. Luego retozaron y relincharon gustosos durante horas.

De repente, cuando una niña apareció en la pradera y quiso acercarse a ellos, los cuatro se comportaron como sabían que debían portarse los caballos normales. De repente la niña se detuvo cuando se escuchó el grito de su madre, angustiada por creer que la niña se había perdido. Casi arrastrándola la regresó al auto de donde habían bajado.


Al atardecer los cuatro corceles levantaron el vuelo y tomaron al sol entre sus crines para regresarlo al fondo del horizonte. Pero el día dejó algo más para los cuatro caballos. El conocimiento de que nunca hay que descansar tan cerca de una carretera. Ni siquiera por el pasto más verde.
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