viernes, 6 de septiembre de 2013

Middle Age Freak; Darle la vuelta al columpio

 


Escribo la columna de esta semana luego de varios borradores infructuosos, tachados y malogrados, dándome cuenta ahora de una gran verdad que bien conocen todos los artistas del escenario: No hay público (o en este caso tema) más difícil de tratar que los niños.

¿Pero qué es lo complicado sobre escribir algo pensando en los niños que fuimos hace poco más de 20 años? No es difícil añorar la época; los amigos con quienes la compartimos, los juguetes que nos divertían, la comida chatarra que devorábamos, los programas de televisión que vimos u otras cosas. Podemos recordar muy bien esos datos y compartirlos en una charla de sobremesa o una guarapeta de fin de semana.



Lo difícil llega al tratar de describir las sensaciones del momento: El ansia que teníamos por llegar temprano a nuestras casas, para hacer la tarea rápidamente y  sentarnos a ver Los Thundercats; o aquella emoción al abordar por primera vez y por nuestra propia cuenta un transporte público; o explicar como cada una de las tres, seis o nueve veces que vimos en el cine la película Batman, de Tim Burton, se sintió como si fuera la primera; o el gusto de escuchar los discos de acetato de 45 revoluciones; o la capacidad que teníamos para imaginar una selva ficticia en el jardín de la casa, poblándola con nuestros G.I. Joe; o el indescriptible placer que existe en los actos más sencillos, como rodar sobre el pasto en una ladera pronunciada.


Finalmente, ¿qué conservamos de aquella época? Algunos juguetes, libros o revistas, comics, fotografías donde lucimos nuestros pantalones cortos, los cortes de cabello improvisados por nuestras madres en la sala de la casa, o nuestros patines de cuatro ruedas, el triciclo Apache o la Avalancha, antes del memorable choque que finalmente dobló sus ejes y donde más de uno se fracturó algún miembro.


En algún momento hemos llegado a escuchar que los niños ya no juegan como antes. Nosotros mismos llegamos a escucharlo de nuestros padres u abuelos. Es cierto, ya no se juega como antes porque los juguetes ya no son los mismos: Videojuegos portátiles, figuras de acción con funciones multimedia, teléfonos celulares con infinidad de aplicaciones, redes sociales, conexiones inalámbricas, juegos de cartas con reglas incomprensibles e infinidad de accesorios o gadgets que los adultos disfrutamos tanto como los niños.


Los juguetes son diferentes, es cierto, pero creo que la naturaleza del juego mismo se mantiene: Esa misma sensación que nos motivaban a buscar lo desconocido ahora les impulsa a ellos a recorrer cada rincón del Asilo Arkham o los ocho mundos en cada juego de Súper Mario; a esperar con paciencia tres años para ver completa la trilogía del Señor de los Anillos; llegar a tiempo a casa para ver (por TV o Internet) Avatar, Dragon Ball Z o Naruto; a colocar en esas mismas selvas de ficción a sus Max Steel o presumir en el celular la música que antes escuchábamos en los viejos tornamesas.



Y esos placeres más sencillos siguen presentes en las laderas empinadas; en la humilde pelota de fútbol rebotando en los muros de una calle; o en los columpios que impulsamos cada ves más alto, manteniendo la esperanza de que un día daremos la vuelta completa.
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