lunes, 16 de septiembre de 2013

Los Otros 52. Quinta Semana.

¿Dónde te ves dentro de 30 años?


AL FINAL DE CUENTAS
Ángel Zuare

Dentro de 30 años estaré muerto, pero viviré en tu casa. Te veré salir todas las mañanas temprano rumbo al gimnasio o a correr en el parque, regresando luego de dos horas, sudoroso y permitiéndote caer sobre tu cama, a veces por cinco minutos, a veces por una hora. Te veré desayunar mientras miras el televisor, sentado en el sofá porque realmente eres muy holgazán para despejar la mesa, llena de cajas de pizza, botellas de refresco, papeles del banco o de la oficina. Luego te veré bañarte y vestirte antes de salir rumbo a tu trabajo. Entonces estaré solo y pasaré el tiempo viendo a las moscas fruteras sobrevolar el lavabo de tu cocina, o veré al sol pasar sobre tu balcón, secando tu toalla del baño o la ropa recién lavada que has colgado afuera. A veces miraré como un calcetín sale volando a causa del viento y cae hasta la calle, donde nunca irás a recogerlo porque te será más fácil darlo por perdido.

Veré a las arañas e insectos salir de los rincones sucios de la casa para andar sobre las paredes y los techos. Escucharé los pasos de los vecinos del piso superior mientras hacen la limpieza, arrastrando ruidosamente las sillas de su comedor y colgando ropa recién lavada en el balcón, escurriendo directamente sobre el tuyo. Notaré como algunas grietas en los muros se hacen cada vez más grandes y, si llueve, observaré el agua encharcar el balcón o meterse por la ventana de tu recámara, que olvidaste cerrar de nuevo.

Por la tarde regresarás del trabajo, quitándote el saco y aflojando tu corbata antes de cruzar la puerta. Pasarás una hora en el baño jugando con tu Tablet y saldrás a tiempo para ver la repetición de Criminal Minds por la tele, o apresurado porque se te hizo tarde para encontrarte con tus amigos en el cine o en el bar de donde, si hay suerte, regresarás acompañado. Entonces veré a ambos a través de la puerta entreabierta de tu cuarto, desvistiéndose mutuamente y arrojándose sobre a la cama, respirando cada vez más agitados hasta que al final exploten en un orgasmo que los deje inertes sobre el colchón un par de minutos, hasta que tu acompañante de esa noche se vista mientras tú le pides un taxi.

Y si algunas de estas visitas pasa más de una noche o varios días contigo, los veo llegar e irse juntos durante un tiempo, ríen y discuten en varias ocasiones y si de repente cesan sus visitas por completo, entonces te veré llorar durante horas tirado en la cama o el sofá, dentro del baño o frente a la comida porque no sabes que tienes ese problema. Pero con el paso de las semanas y los meses te veré recuperándote e invitando de nuevo a tus amigos aquí para ver películas, el Súper Bowl, el box o para celebrar un cumpleaños.

Entonces, cuando se marchen y estés limpiando el desorden, vendrás a mí porque, por alguna razón, encuentras en mi algún consuelo que todavía no entiendo. Y no de mis palabras impresas con letra de molde y un diseño editorial profesional, sino de aquellas que alguien garabateó en mi primera página, con pluma de tinta azul y letra cursiva:

Para Marco. Al final uno sigue vivo. Al final de cuentas uno no se murió.

Desde que viste esta dedicatoria mientras curioseabas en librerías de viejo por las calles del centro, te has preguntado quién fui yo o quién pudo haberme dedicado esas palabras, que años más tarde supiste que las escribió originalmente Monterroso. Sea cual fuese el motivo, decidiste comprar un libro del que nunca has leído más allá de la página dedicatoria.

Mi papel se pone más amarillo cada año y las páginas están empezando a caerse, pero si llego a dudar de mi propia existencia me miró reflejado en un espejo colocado frente al librero, en la sala, a través del cual también puedo ver la lluvia caer frente a la ventana y el balcón. Y se siente bien.
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