lunes, 2 de septiembre de 2013

Los Otros 52. 3a Semana

"Despiertas como un gigante"

CINCO MINUTOS MÁS
Ángel Zuare
No hace mucho tiempo, en una fría mañana de agosto y luego de un sueño intranquilo, Martín giró sobre su cama para alcanzar su despertador. “Cinco minutos más” pensó, antes de revolverse de nuevo entre las sábanas. Despertó cuando su cabeza y sus pies chocaron en muros opuestos de la habitación. En esos cinco minutos se había convertido en un gigante de casi ocho metros de altura. Se levantó tan visiblemente agitado que su cabeza golpeó contra el techo y los pies de su cama cedieron ante el nuevo peso.
No entraremos en detalles sobre cómo Martín se contorsionó para salir por la puerta de su habitación, o de cómo se improvisó un taparrabo con las cortinas de su sala para cubrir su vergüenza, ni de cómo se arrastró por el pasillo central de su casa hasta alcanzar la puerta de su jardín, donde se sentó para analizar la situación. ¿Fue algo que comió? ¿Algo que bebió o inhalo? ¿Algo que hizo o dejó de hacer? ¿Algún envidioso del trabajo o en la familia? ¿Hechicería o mordedura de algún bicho radiactivo? Después de llorar un par de horas sin hallar la solución, se ajustó bien el taparrabo con las líneas del tendedero y se encaminó a su trabajo, pues ya tenía acumuladas dos amonestaciones por llegar tarde. En pocos minutos y a grandes zancadas cubrió la distancia que en auto le tomaba una hora, pero esta vez la llamada de atención fue por no presentarse con traje y corbata.

Por obvias razones Martín no pudo seguir en el departamento de contaduría; las teclas de la computadora le quedaban chicas. Lo despidieron haciéndole firmar su carta de renuncia voluntaria con la huella digital de su pulgar derecho, casi cubriendo toda la hoja. Tuvo suerte de hallar una empresa de construcción que estuviera contratando. Martín ingresó a las obras magras, levantando sacos de cemento con una mano y manojos de varillas con la otra. Obviamente un obrero no sindicalizado no ganaba lo mismo que un contador, y Martín no pudo seguir pagando la renta de su casa. Se vio obligado a dormir algunas noches bajo los puentes de la avenida Río San Joaquín, acostumbrándose a las luces y ruido de autos arrancando sin control a las tres de la mañana.
Los noticieros enloquecieron con la novedad de su situación durante un tiempo, buscándole para entrevistarlo a toda hora, pero poco después llegó la polémica por la reforma energética y la noticia de Tom Cruise saliendo del closet. Finalmente fueron olvidando al Gigante de San Joaquín, como le habían llamado. Sus compañeros de trabajo y de fiesta los fines de semana lo desconocieron en poco tiempo. Y Martín, lentamente, se fue quedando solo.
A veces se quedaba hasta tarde en las obras, hablando con el velador y tomando café,  uno en su taza y el otro en un bote de lámina, a veces acompañados por otros obreros e incluso el maestro de obras. Cuando empezó a ayudar también en los turnos nocturnos, principalmente para prevenir accidentes por el frío y la oscuridad, como agradecimiento todos los empleados y obreros de la empresa le consiguieron un overol de mezclilla a su tamaño, hecho de retazos de otros pantalones similares, y una playera hecha de lona que habían conseguido de un anuncio espectacular para una tienda de ropa.
Cuando ayudo a despejar un accidente de tráfico donde estaba involucrado un camión que transportaba caballos para un circo, el maestro de ceremonias le agradeció con una lona gigante de mediano uso, que Martín usó para guarecerse cuando empezaron las lluvias. También en el circo conoció a Medea, la trapecista. Y cuando el circo llegaba a la ciudad, dos veces al año, se les veía platicar largo tiempo juntos, bajo los puentes de Río San Joaquín.
Con el paso de los meses Martín se convirtió en capataz de obra y supervisor, con un mejor salario para mandarse a hacer ropa a su medida y alquilar una abandonada bodega de alimentos, que acondicionó como vivienda. Una noche, visiblemente nervioso, le pidió matrimonio a Medea, a lo que ella aceptó saltando hasta su cuello y abrazándolo alegremente. Se casaron una cálida mañana de septiembre, en el patio frente a la iglesia del pueblo natal de Martín.

Una fresca mañana de enero, luego de una larga jornada de trabajo, Martín despertó bajo las sábanas gigantes que les habían regalado en la boda y en medio del colchón armado con doce de tamaño king size. Por un momento se preguntó si todo a su alrededor realmente se había ajustado o si acaso estaba soñando. Giró para ver a Medea durmiendo junto a él. Ella le miraba con afecto y una sonrisa, antes de depositarle un beso en los labios. Martin la abrazó con ternura y se revolvió entre ella y las sábanas. “Cinco minutos más”, se dijo. “Sólo cinco minutos más”.
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