lunes, 19 de agosto de 2013

Middle Age Freak; Tiendas, changarros y bazares (IV)



Si hay algo más inusual que una tienda de comics o videojuegos, debe ser una tienda de juegos de mesa. Dentro de toda la gama de productos que ofrecieron las tiendas de comics durante los años 90, los juegos de mesa y rol eran los productos más raros en las tiendas de objetos extraños. Las cajas y libros se apilaban en los estantes sin que los clientes habituales les prestaran atención y si alguno se aventuraba a preguntar, se encontraba de repente al borde de un mundo donde las palabras roleplaying game, 20D dice, dungeon master guide, rpg, wargame, monster manual y otras se convertían en una jerga habitual.


Soy jugador de rol desde hace muchos años. Empecé con el rpg de Star Wars, dada mi afición a las películas, pasando luego a Dungeons & Dragons y otros juegos que eran difíciles de localizar entonces, fuera de tiendas de comics bien surtidas o mediante las fotocopias de las fotocopias de las fotocopias de un libro prestado. Fue entonces que se inauguró Minas Tirith.


Para muchos Minas Tirith fue nuestra primera tienda de juegos de rol y para algunos la única, a pesar de que la tienda era parte de una cadena-sociedad entre Goblings Gate, en Plaza Inn, y Comics Imp, en Copilco, formando así una “trifuerza” de tiendas dedicadas exclusivamente a nuestras aficiones particulares. Pero todos estuvimos cuando nació Minas Tirith: Cuando Juan Ignacio Corujo, su fundador, nos comentó en nuestra reunión mensual del club de rol (tema para otro post) sus intenciones de abrir una tienda, lo que pensaba tener en ella, los locales que había visitado y, finalmente, cuando nos invitó a la inauguración.

A muchos no les sorprendió la ubicación de la tienda en una pequeña plaza comercial sobre Calzada de las Bombas o lo curioso de su mercancía, pues Juan Ignacio, siendo español de nacimiento (en España la afición al rol parece darse en maceta), tenía la facilidad para importar material traducido al castellano o generado totalmente en España. Tampoco podríamos decir que su servicio, su decoración interior o sus precios fuera los mejores de la ciudad.


No, lo que más nos sorprendió de Minas Tirith fue su capacidad para no sorprendernos o intimidarnos, pero sí para familiarizarse con nosotros. Mediante nuestras visitas constantes y los juegos habituales que se armaron en sus mesas, convertimos la tienda en una segunda casa. Los sábados podíamos dejar los libros con toda confianza, pues los necesitaríamos el domingo y no queríamos cargarlos de regreso. El frigo-bar no sólo guardaba los refrescos que se nos vendían, sino la comida que traíamos de nuestras casas para más tarde. Era el punto de reunión para muchos; ya fuera para entrar a la tienda, ir a comer o al cine, la frase era la misma: “Nos vemos en Minas”.

Se organizaron ahí las mesas habituales de DC Heroes los domingos en la mañana, de Dungeons & Dragons en la tarde, de Star Wars los sábados o La Llamada de Cthulhu los viernes, además de los torneos de Blood Blow durante varios meses. Llegábamos antes de que se abriera la tienda y éramos los últimos en marcharnos. Y por muy poco dinero que tuviéramos, siempre alcanzaba para una sopa Maruchan en la paletería contigua. Ahí, por primera vez probé una Marucha con salsa Valentina y jugo de limón (¡relevación!).


Aquí no solamente conocimos ediciones en español de Star Wars, Dungeons o Vampire, sino también productos creados enteramente por españoles que dejaban su cuerpo y alma en la afición: Así llegamos a tener un ejemplar de Aquelarre, famoso juego creado por Ricard ibáñez, o la revista Líder, con su famosa tira cómica del Tío Trasgo.

Hubo personajes y situaciones, como la encargada de la papelería de la plaza, donde íbamos a sacar las fotocopias de nuestras hojas de personaje. Nunca pudo sacar bien una impresión por ambos lados. O la ocasión que Juan Ignacio (que también trabajaba para Sabritas aquel entonces) nos llevó una caja de bolsas con producto nuevo que se pensaba comercializar próximamente. Casi estoy seguro de que fuimos los primeros en la Ciudad de México en probar los Doritos 3D.


Quizá lo que muchos de los clientes regulares de Minas Tirith recuerdan es el juego nocturno que se armó en la tienda y el cual suspendimos a las tres de la mañana pues la plaza debía cerrar y Juan Ignacio quería dormir. Todos los roleros de Minas salimos a mitad de la noche a la Alameda de Coyoacán, donde nos amanecimos platicando anécdotas, compartiendo experiencias, chistes buenos y malos, cuentos de fantasmas que daban más pena que miedo e ideas para juegos y campañas. Y a la mañana siguiente, siendo domingo, regresamos a la tienda.

Esa era la comunidad rolera de Minas Tirith.
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