viernes, 22 de marzo de 2013

Middle Age Freak; Año Nuevo Chino



  
Publicado originalmente en Reino Geek (9 de febrero 2011)

En 1969, el escritor Rafael Bernal, dentro de su novela más famosa, El Complot Mongol, se refirió al barrio chino de la Ciudad de México de la siguiente manera:

México, con cierta timidez, le llama a la calle de Dolores su barrio chino. Un barrio de una sola calle de casas viejas, con un pobre callejón ansioso de misterios. Hay algunas tiendas olorosas a Cantón y Fukien, algunos restaurantes. Pero todo sin el color, las luces y banderolas, las linternas y el ambiente que se ve en otros barrios chinos, como el de San Francisco o el de Manila. Más que un barrio chino, da el aspecto de una calle vieja donde han anclado algunos chinos, huérfanos de dragones imperiales, de recetas milenarias y de misterios.

Bernal falleció en la ciudad de Berna en 1972, pero no puedo evitar pensar que, de ver el mismo barrio chino en la actualidad, su opinión podría ser diferente.


Es cierto que nuestro barrio chino sigue siendo solamente la calle de Dolores, rodeada por grandes edificios de departamentos viejos. Ese pobre callejón ansioso de misterios sigue, partiendo perpendicularmente la calle, llevando hacia el oscuro interior de uno de los ya mencionados edificios. Hay tiendas olorosas a Cantón y algunos restaurantes, donde los meseros invitan a pasar a los turistas que cruzan por la calle y deteniéndose un momento para admirar a los budas regordetes y sonrientes que adornan la entrada a estos restaurantes.

En lo que no concuerdo con Bernal es con la falta de color. Indirectamente beneficiado con los recientes programas de rescate del Centro Histórico y la iniciativa privada (inmobiliaria y comercial), el Barrio Chino de la Ciudad de México ha adquirido nuevas tonalidades, volviéndose un atractivo turístico para los paseantes que disfrutan, principalmente, sus restaurantes y, en febrero, sus festividades de Año Nuevo.

Durante algunos años varios amigos y conocidos hemos forjado la costumbre de visitar el Barrio Chino para estas fiestas. Entonces somos testigos de una calle de Dolores muy distinta a la descrita por Bernal: banderolas de colores y fuegos artificiales que iluminan el cielo; los tradicionales bailes de leones y dragones chinos, junto con el tributo que se les ofrece para un nuevo año de prosperidad; música y cohetes ensordecedores; venta de artesanías y otros objetos en medio de una celebración que rompe los límites de la calle de Dolores y se expande a sus alrededores con puestos de comida, discos, DVD, ropa, juguetes tradicionales chinos en vistosos colores de plástico moderno. Las calles se convierten en un mar de personas que buscan (con suerte) ver y tocar a los leones danzantes, o (con paciencia) una mesa en un restaurante para intentar cenar entre amigos o en familia.

También es cierto que no todo en esta festividad es perfecto. Hay que lidiar con grandes cantidades de gente que impiden el paso; con personas que toman la fiesta como pretexto para embriagarse y buscar pleito, sin poder dar pelea una vez que lo encuentran; con galletas de la fortuna tan deliciosas como puedan imaginarse, pero con tan mala ortografía en sus predicciones que me hace desconfiar de ellas. Además mi pan al vapor favorito siempre se agota antes de que acabemos de presenciar las festividades. Y este año en particular (el del conejo) no pudimos encontrar a nadie que nos vendiera orejas de peluche.

Pero el próximo año estaremos presentes de nuevo porque, parafraseando nuevamente a Bernal, tal vez otras personas hemos anclado aquí, huérfanos de nuestros dragones emplumados y de nuestras propias recetas milenarias. Haciendo a un lado nuestros propios misterios.
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