jueves, 16 de junio de 2016

Middle Age Freak: Orlando y un Café por la Mañana


Sin menospreciar la tragedia ocurrida en el club nocturno Pulse, en Orlando, Florida, el pasado domingo 12 de junio, encuentro curioso que los medios llamen a este atentado terrorista como el más terrible en la historia de los E. U., después del 9/11. Por curioso me refiero a que me he enterado de ambos acontecimientos temprano por la mañana, cuando el café aún me ha hecho efecto y por lo cual tiendo a ignorar los primeros diez minutos de transmisión televisiva en vivo, o en este caso, los primero posts en Facebook y Twitter.

Poco tiempo después, cuando la noticia empieza a resonar con frecuencia y Yahoo! Inserta sus banners de Urgente y De Último Minuto, es que abordo la noticia con mayor interés.


En general soy una persona que mantiene sus reacciones relativamente alejadas ante este tipo de tragedias. No comparto ni posteo mis primeras impresiones, no asalto las redes sociales o pláticas de sobremesa con críticas a la religión, al estado islámico, al ineficiente control de armas en E. U., a las selfies de Omar Mir Seddique Mateen que han mopolizado Internet, ni siquiera con comentarios de apoyo o solidaridad a la comunidad LGBT de Orlando. Realmente nunca me arrojo a la discusión ni demando que me entreguen un culpable o se realice un cambio inmediato ante este tipo de tragedias. Creo que es porque, realmente, el daño ya está hecho. Cincuenta personas, incluyendo a Mateen, están muertos. Otros tantos vivirán lesionados, física y mentalmente, y la gente y ciudad de Orlando, Florida, ahora es un poco más sombría.


Ahora, a media semana de distancia, surgen las teorías de conspiración, la complicidad del gobierno y la seguridad local, el montaje mediático o electoral y el millón de dólares que Disney donó a las víctimas del tiroteo, erigiéndose al mismo tiempo que las opiniones encontradas, las alabanzas a la masacre perpetrada por Mateen, las declaraciones en contra de la comunidad homosexual y los chistes malos de funcionarios públicos aún peores.

Y aún así, el daño está hecho. Y es probable que ocurra de nuevo, no a causa de la inestable política de E. U. sobre el control de armas, la intolerancia social, religiosa y política hacia la comunidad LGBT o las ideologías extremistas. No, más bien creo que un aspecto natural de cualquier sociedad moderna es consumirse a sí misma a través de actos de purga como el de Orlando, sean incidentales o plenamente intencionales. Y en la mayoría de estas ocasiones un gran daño viene después de la tragedia, con las ideologías enfrentadas, la necesidad de encontrar un culpable o la violación a los derechos civiles en el montaje de un teatro de seguridad que sólo calmará a las comunidades más nerviosas que temen que algo así pueda volver a ocurrir. O peor, que les ocurra a ellos o a algún ser amado.


Pero, de igual forma que la sociedad se autodestruye, también se regenera. Se reestructura y se levanta con mayor fuerza, especialmente si la naturaleza de su comunidad está cimentaba en fuertes valores éticos y no en ideologías o posturas absolutistas. Y tal vez, con el paso de los años, podamos mirar a este momento, a esta tragedia, y nos podamos reír ante lo absurdo de las circunstancias, o por lo menos poder sonreírle, con respeto ante los caídos y contemplando los cambios que nos han convertido en una comunidad más fuerte, mejor o por lo menos diferente. Y podamos vivir más felices al respecto.

Hasta que nos levantemos temprano una mañana normal y recibamos la noticia de otra tragedia parecida, cuando ni siquiera nos hemos tomado el primer café del día.
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