martes, 5 de agosto de 2014

Los Otros 52, 51aSemana. "Paraxión (Genérico)".

Te enteras, a través de las noticias, que tu mejor amigo está en la cárcel de por vida.

PARAXIÓN (GENÉRICO)

Ángel Zuare
-Si no funciona, podemos robar un banco.

Recuerdo que ambos sonreímos un poco cuando Manuel sugirió eso. ¿Y cómo no hacerlo si sólo había cuatro bancos en un pueblo donde todos nos conocían desde chamacos? Entiendo que él tratara de animarme, pero no le resultaba fácil. Mi papá había fallecido hace pocas semanas y no teníamos dinero luego de pagar el entierro. Por eso me vi en la necesidad de abandonar la escuela estando a un semestre de graduarme del bachiller. En general me sentía muy mal y Manuel había pasado varias tardes conmigo, tratando de levantarme el ánimo.

Curioso que esto sea lo que más recuerdo de él. Y eso que lo conocía desde que éramos niños. Jugábamos en el patio de la escuela, molestábamos a otros niños y en general nos metíamos en broncas, nada fuera de lo normal. Molestábamos a las niñas, robábamos fruta del mercado y seguíamos mucho a la persona que, años más tarde, se convertiría en su padrino.

Recuerdo haberle dicho varias veces a Manuel que estaba loco por molestar tanto a alguien que se paseaba por el pueblo ufanado por su fama de narcotraficante y con las pistolas en la cintura, pero nunca me hizo caso. Lo seguía hasta la plaza del pueblo cuando había fiesta; lo esperaba en la entrada de la cantina hasta verlo salir y lo seguía a pie cuando él iba montado en su caballo hacia las carreras que organizaban las rancherías cada mes, y siempre pidiéndole lo mismo: que le dejara disparar una de sus pistolas, al menos una vez.

Una tarde no llegó a jugar conmigo y con el gordo Gustavo, otro compañero de la escuela, pero esa noche tocó a la ventana de mi cuarto para despertarme  y me contó que, finalmente, luego de pedírselo por enésima vez, le había permitido usar la pistola calibre 38 sobre la grava de un terreno baldío. Estaba tan impresionado por eso que, luego de contármelo detalladamente esa noche, siguió hablando de ello en la escuela durante varias semanas.

Y sí, años después, un mes luego que Manuel buscara animarme con su idea de robar un banco, se convirtió en el ahijado del narco más influyente de la región.


*   *   *

Me enteré de lo que pasó con Manuel de la misma forma en como lo hizo todo el país: viendo la noticia por televisión, en el noticiero de la noche. Debe ser otro Manuel, recuerdo que pensé entonces, pero la noticia mencionaba también el analgésico Paraxión, producto con el cual yo tenía muy asociado a Manuel entonces. ¿Y cómo no?, pues fue el que lo hizo millonario, independientemente si el fármaco era intencionalmente adictivo o no. Finalmente vi que sí se trataba de él y, al parecer, una de las decenas de acusaciones sobre él había generado una orden de aprensión y hubo un tiroteo a la hora de ejecutarla. Tres sicarios de Manuel habían muerto y él… Pues él había matado a un policía.

*   *   *

La última vez que lo vi antes del arresto fue hace diez años. En el funeral de su madre, quien había fallecido tan sólo un año después de que lo hiciera su padre. Luego del velorio y el entierro (Manuel había permanecido muy silencioso durante ambos), hubo fiesta en la casa que les había mandado construir, en uno de los terrenos que había loteado Gustavo. No era falta de respeto, así éramos en el pueblo. Después de presentar nuestros solemnes respetos al que se fue, los demás celebramos que seguimos aquí.

Fue toda una sorpresa ver a Manuel luego de tantos años en los que se fue a estudiar a la capital, auspiciado por su padrino quien, por fortuna para unos o desgracia para otros, no vivió lo suficiente para ver a su ahijado convertido en ingeniero de sistemas, usando un traje sin corbata, zapatos de marca y conduciendo una buena camioneta. Nos presumió que el primer producto que había lanzado como empresario farmacéutico, el Paraxión, ya era el número uno en el mercado. Nadie quiso preguntarle sobre los rumores o las noticias que salían por televisión.

Luego de marcharse los deudos, el resto de la tarde y la noche Manuel, Gustavo y yo la pasamos bebiendo hasta embriagarnos sobre la azotea de la casa, riendo como idiotas sobre lo gordo que nos habíamos puesto (menos Gustavo, le había entrado con ganas al fútbol llanero), presumiendo las viejas que teníamos (tuve que inventarme un par) y recordando todas nuestras babosadas.

A la mañana siguiente Manuel se curó la cruda lo mejor que pudo y se marchó sin despedirse. Tenía una junta con los socios de su padrino, en el rancho que este le había heredado y donde lo habían acribillado al intentar aprenderlo, hace unos años.  

*   *   *

Creo que lo más difícil fue hacerme el desentendido cuando crecieron los rumores sobre Manuel y el Paraxión, al presentarse en televisión los primeros casos de adicción severa, crímenes relacionados con el consumo del narcótico y los casos de suicidio o muerte durante los procesos de desintoxicación. Nunca faltaba alguien que, a cambio de unas cervezas o una comida, me pedía que le confiara lo que supiera del Paraxión o de Manuel. Después de todo, ¿qué no era yo su mejor amigo? Pero aunque quisiera comunicarme con él, sus números telefónicos y dirección de correo electrónico los había cambiado desde hace meses.

*   *   *

Pues sí, también me duele la cabeza como a todos de vez en cuando, así que probé el Paraxión un par de ocasiones y nunca sufrí los síntomas de adicción que todos profesaban. Pero algunos otros en el pueblo sí los sufrieron. Muchachos y adultos, hombres y mujeres que se habían vuelto adictos al Paraxión. Algunos terminaron hospitalizados y Joaquín, el hijo mayor de Gustavo, se estrelló en su auto luego de salir de una fiesta, donde se había puesto mal luego de tomarse un Paraxión para controlar un ligero dolor de cabeza y antes de sentarse a ver videos con sus amigos en su teléfono.

Y como el brazo de Gustavo no alcanzaba a Manuel, buscó algo más cercano. Intentó recriminarme y armarme pleito por lo de su hijo, así que hice lo que consideré correcto entonces, para callarlo a él y a todos los que susurraban a mis espaldas. Me fui a golpes sobre Gustavo cuando me puso el primer dedo encima. Le destrocé la cara y le rompí una costilla de una patada, no me detuve hasta que ya no pudo levantarse del suelo, sollozando más por recuerdo de su hijo muerto que por el dolor de la golpiza que le había colocado, más para defenderme a mí mismo que para proteger la honra de quien todos decían era mi mejor amigo. Me alejé sin dirigirle la palabra a nadie y ninguno volvió a insinuar estupideces así en mi presencia, ni frente a mi mujer o a mis hijos. Aunque eso significara que pocos nos hablaran desde entonces.

*   *   *

Cuando supe que Manuel iba a ser trasladado al reclusorio le pedí a mi hijo mayor que me llevara a la ciudad. Él se negó alegando que no querían que me vincularan con un criminal, así que, una noche, tomé su auto sin permiso y emprendí las casi cinco horas de viaje en carretera. Llegué a la ciudad por la madrugada y dormí un par de horas dentro del coche, antes de desayunar frugalmente un pan con café y preguntar direcciones hacia el reclusorio.

Y llegando ahí pasé otra hora, sentado frente al volante y preguntándome si debía entrar, imaginando que tal vez no me dejarían verlo o quizá Manuel no se acordaría de mí o no querría ver a nadie, por iniciativa propia o recomendación de sus abogados, quienes sin duda serían sus amigos más útiles ahora. Y si me marchaba ahorita regresaría al pueblo antes de cenar, me disculparía con mi hijo regresándole sus llaves y reconocería que él tenía la razón y que yo estaba mal. Yo siempre estaba mal.

¡A la chingada!, pensé mientras bajaba del auto.

*   *   *

Todavía estaba regordete, pero había bajado mucho de peso. Se le veía demacrado, pero no parecía cansado. Tal vez era la impresión que me daba el uniforme del reclusorio. Hablamos secamente durante una hora. Me contó que se encontraba razonablemente cómodo encerrado con otros criminales de cuello blanco y sus abogados apelarían cada prueba que presentaron en el juicio, esperando reducir su sentencia un par de años, aunque, al parecer, existían suficientes para encerrarlo el resto de su vida. Por mi parte no le mencioné la situación de Gustavo y solamente le platiqué que mi mujer y los muchachos estábamos bien, a secas.

-Pero tú, ¿cómo te ha ido? ¿Cómo has estado? ¿Qué has hecho en este tiempo?- me preguntó Manuel, visiblemente indiferente.

-¿Yo?, nada especial… Asalté un banco.


Manuel levantó su mirada hacia mí, arqueó una ceja encanecida y, lentamente, empezó a reír. Su risa fue cada vez más fuerte y sonora hasta que, finalmente, yo empecé a reír también. Por el escándalo que hacíamos, los guardias se asomaron para ver qué pasaba, encontrándonos a ambos riendo sin control y a carcajadas sobre la mesa, mientras las lágrimas nos resbalaban por las mejillas.

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