martes, 28 de octubre de 2014

Middle Age Freak: “Esta tarde vi llover…”

 

Detesto la lluvia, no es un secreto para muchos. Pero debo aclarar que no la odio como tal, no. El problema es que no encuentro nada más molesto que una tarde que se complica a consecuencia de un aguacero inesperado e impetuoso: el tráfico se alenta, el clima recrudece por el frío y si estás por la calle, sin paraguas, sólo puedes guarecerte o tolerar la ropa empapada y el cabello escurriendo. Y si hablamos de tormenta eléctrica, el riesgo de cortes de energía aumenta considerablemente. Además, si tomamos en serio a la meteoropatía, las nubladas tardes de lluvia traen consigo la pereza, depresión o ansiedad.


Muchos defenderán su postura de que les gusta mucho ver y sentir la lluvia, pero estoy seguro que hasta el romántico más empedernido se protege y maldice a un aguacero torrencial que lo detenga bajo un toldo o en su casa durante más de dos horas.

La Ciudad de México tiene un sistema de drenaje profundo relativamente joven, establecido en 1975, siendo el punto final de una historia de complicaciones, negligencias e inundaciones históricas y catastróficas que azotaron a nuestra ciudad desde 1521, luego de la conquista española, pasando por los gobiernos de Juárez y Díaz. Gran parte de nuestra historia como metrópoli moderna parece estar pasada por agua.


Pero no buscamos una explicación histórica a un problema que padecemos desde hace varias décadas, porque finalmente el drenaje profundo ha demostrado ser ineficaz ante un cambio climático que adelanta o retrasa las temporadas de lluvia casi a un nivel aleatorio, y principalmente ante nuestra creciente negligencia ciudadana.

No, lo que queremos saber es qué hacer cuando llueve.

Estando a mitad de la calle y si se dispone de tiempo, se pueden hojear revistas en un Sanborns o ver videojuegos, películas o gadgets de última generación en un centro comercial; o ir al cine para matar esas dos horas en que la lluvia bien puede desaparecer o arreciar con más fuerza. Entrar a un cibercafé o a un hotspot para navegar en Internet también es buena opción, si bien las señales inalámbricas también se ven afectadas por la lluvia.


Si uno está en casa, la situación es más sencilla y la opción número uno la más obvia: videojuegos. Completar todas las opciones del juego que terminaste hace unos meses es lo más viable. Jugar en línea también es bueno. En general cualquier actividad de carácter binario puede llenar satisfactoriamente esas tardes de lluvia: programar aplicaciones, bloggear, twittear, abrir otro blog que probablemente olvidemos en unas semanas, facebookear para agregar amigos como desesperado o atender la granjita que dejamos hace semanas, contestar los correos de felicitaciones navideñas que recibimos el año pasado, aprender a usar programas de edición de imágenes si eres del tipo oficinista, o el procesador de texto si eres diseñador o artista gráfico. Vale también relajarse escuchando música o viendo las películas que descargaste hace meses o compraste con descuento y siguen envueltas en su plástico original.


Pero si la situación se torna realmente desesperada, con un apagón prolongado de energía eléctrica, teniendo descargada la laptop, el PSP, NDS o su similar, entonces la mejor opción es permitir que nuestro romántico interno surja: disfrutar la tarde leyendo aquel libro que tienes pendiente o escribir el que siempre has querido leer, practicar algún juego de mesa incluso estando solo -de tantas horas jugando solitario en la computadora es obvio que muchos ya sabemos jugarlo con una baraja de verdad- o armar un rompecabezas, deshacerlo y volver a empezar.


Y finalmente, cuando la lluvia termine, te pondrás un poco nostálgico por aquellos momentos tan fuera de común que acabas de pasar y que, probablemente, solo volverán a ocurrir en nuestra próxima temporada de lluvias.

Por eso también la detesto. No se puede ser constante en ella.
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