lunes, 24 de marzo de 2014

Los Otros 52, 32a Semana. "Todos Se Reirán de Ti".

Todos se ríen de ti 


TODOS SE REIRÁN DE TI

Ángel Zuare

Era la noche del sábado. No tenía a dónde o con quién ir, ni estaba interesado en salir de cualquier forma. Así que me quedé en casa viendo el box por televisión, jugando en Facebook y finalmente, alrededor de media noche, encendí la consola, dejando activa la capturadora de video, esperando tal vez grabar algo bueno para subirlo a YouTube.

Me conecté para jugar Recons con quien estuviera disponible en la red. No me limité a los servidores americanos, quería jugar con quien fuera. Estaba aburrido y quería que mi equipo o los rivales estuvieran tan desvelados como yo o que apenas estuvieran levantándose. Le da más variedad al juego. Finalmente encontré un grupo con el cual jugar y empezamos. Primero un rumble, todos contra todos antes de formar equipos.


No recuerdo los tags de todos los que estaban conectados… Había un tal CaptainMarvel15… Uno llamado Abarai… Un McVinny… Creo que otro se llamaba 1111 y, ah, había uno llamado your-an-idiot2414-acount-closed... A través de la diadema escuchaba que algunos estaban hablando en español, otros en puro castellano, en inglés, creo que uno en alemán y otros que no pude identificar. Pero no hace falta entenderse para empezar a jugar. Uno elige sus armas, el sistema escoge el escenario y empieza la matanza.

No se otros, pero muchos aprovechamos esto para desfogarnos. Empezamos a gritar con cada cabeza que se revienta o que nos explotan a nosotros. Empezamos a presumir, a burlarnos y a insultar a quien sea que esté del otro lado del mundo, en todos los idiomas que nos es posible balbucear, perdiendo el ritmo de lo que hablamos o decimos. Y fue entonces cuando todos empezaron a reír.

No recuerdo exactamente en qué momento ocurrió. Sólo me di cuenta, a través de la diadema, que todos los que estaban conectados se reían a carcajadas, sin detenerse, casi ahogándose, pero sin parar. Les pedí que se callaran porque no me dejaban escuchar. Los insulté en español, inglés y lo poco que sé de francés, pero nadie podía decir algo que pudiera más o menos entenderse como una palabra. Sólo estaban riendo.

Traté de ignorarnos y seguí jugando. De hecho todos estaban jugando como siempre. Acabábamos un escenario, intercambiábamos equipo y regresábamos a otro. Pero ninguno dejaba de reír. De hecho lo hacían con más fuerza cuando alguien me mataba en el juego. Comencé a distinguir risas de hombres, mujeres y hasta de niños y ancianos. ¡Lo juro, ancianos, háganme el chingado favor!

Me quité la diadema y seguí jugando, pero así el televisor permanecía mudo. Eso empezó a molestarme más. A veces volvía a colocarme la diadema para darme cuenta que las risas seguían. Cada vez más en número y volumen, sin detenerse. Al final apagué la consola directamente y luego el televisor. Arrojé el control a un lado y me recosté en el sillón un momento.

Aún no tenía sueño y quería ver quién estaba conectado en Facebook. Eran apenas las dos de la mañana, así que nadie de mis amigos respondió a mi saludo. Entré a Skype, donde había algunos conocidos que estaban conectados. Gente con la que había platicado antes y los invité a conversar. Pero la pantalla de video permaneció oscura. Mi webcam estaba funcionando bien, yo aparecía en la pantalla inferior, pero no podía ver a quien estuviera conectado conmigo. Pero sí podía escucharlo.

Estaba riéndose. Todos mis contactos en Skype, conocidos, amigos y familiares, todos los que respondieron a mi petición de chat a las dos de la mañana lo hicieron para reírse, sin poder ver sus caras en la pantalla. Todos riéndose, todos. Nadie diciendo una palabra coherente. Christian reía con sus carcajadas resonantes. Mariana lo hacía con su risita ahoga, cuando aprieta los labios para no mostrar sus dientes chuecos. Jorge reía como si fuera un puerco, a través de su nariz. Cerré el Skype muy encabronado y tan dispuesto a hablar con quien fuera que me conecté a Chatroulette y Omegle, donde se chatea con personas enteramente al azar. El resultado fue el mismo. Pantallas oscuras y risas a todo volumen. Hombres, mujeres, niños y ancianos, le juro que podía escuchar ancianos. Cambiaba de chat cada minuto casi golpeando el teclado o el botón del mouse, sin ningún cambio.

Me harté y cerré todos los chats, para luego conectarme a YouTube y ver alguna serie web. Pero con cada video que intenté ver ocurría lo mismo. Una pantalla oscura y la risa de una o varias personas al mismo tiempo. En Dailymotion y hasta en XTube era igual. Refresqué el navegador, reinicié la computadora tres veces, pero no hubo diferencia.

Apagué la computadora de un botonazo y reencendí el televisión porque, en este punto, hasta los infomerciales de madrugada se me antojaban más que seguir escuchando esas risas. La pantalla de la televisión quedo oscura, sin lograr sintonizar alguna señal. Revisé los cuarenta canales que tengo en cable básico y en todos ellos... Todos… riéndose de mí.

Necesitaba aire, así que salí a la calle. Eran casi las cuatro de la mañana. No había gente afuera, era obvio. Nadie, ni siquiera alguien que pudiera ver a través de las ventanas de otras casas sobre mi calle. En algunas alcanzaba a ver las salas y algunas pantallas colocadas sobre libreros o montadas en las paredes. Todas encendidas. Todas con sus pantallas oscuras, pero dejándome escuchar carcajadas profundas, risas lúgubres o ahogadas, y sin nadie que bajara o entrara a las salas para ver porque la pantalla o el televisor estaba encendido a esa hora de la madrugada.

Trate de ponerse en mi lugar y verá porqué empecé a correr sin dirección entre las calles, asomándome por cada ventana o dentro de cada tienda de 24 horas, sin nadie que atendiera el mostrador, donde los monitores de las computadoras permanecían oscuros y lanzando las mismas carcajadas.

Corrí por varias calles, sin cruzarme con algún caminante solitario o ebrio de madrugada. Realmente perdí la sensación del tiempo y la distancia, pero recuerdo que llegué hasta el parque y me acomodé entre lo más profundo de unos arbustos, donde no alcanzara a oír ninguna de esas risas. Cubriendo mis oídos con las manos creo que finalmente me ganó en sueño. Desperté cuando un hombre me picó con una vara de madera, pensando que estaba ebrio o hasta muerto. Era la mañana del domingo y el parque empezaba a llenarse de familias. Regresé a casa lentamente, asomándome en cada pantalla que se cruzara en mi camino y donde la gente veía las noticias, programas de variedad o las caricaturas para niños.

* * *

-Si quiere darse una idea de cómo sonaban, era como en esa película, donde a una chica le tiran una cubeta llena de sangre y ella empieza a escuchar como todos se ríen de ella. Hasta escucha la voz de su madre advirtiéndole: There’re all gonna laugh at you... Todos se reirán de ti.

-Y no has vuelto a tener otro episodio similar desde entonces, ¿cierto?…- añadió el doctor, terminando de tomar apuntes en su tableta. Aquel paciente, que llegara a su consultorio sin previa cita, negó con la cabeza.

El doctor prosiguió: -Oír voces o sonidos que no están presentes es un síntoma común y frecuentemente relacionado con el estrés, en especial si estabas desvelado. Sólo en casos más complejos se relaciona con la esquizofrenia, pero no hay que aventurar ese diagnóstico, todavía hay que realizar…

-Sólo vine porque mis hermanos me lo pidieron para estar tranquilos. No pienso regresar- el  hombre se levantó del diván y buscó algo en el bolsillo de su camisa. Sacó del interior una pequeña memoria USB que arrojó al regazo del médico, antes de dirigirse hacia la puerta del consultorio –¿Recuerda que le dije que dejé encendida la capturadora, antes de que empezara todo? Ahí está el video de lo que se grabó esa noche…

El psicólogo dudó un momento, pero al fin tomó la memoria y la conectó debajo de su tableta. Para hacerlo desvió su mirada del paciente y al regresarla ya no había nadie, sólo la puerta de su consultorio, abierta. El doctor se levantó para asomarse a la recepción. Su secretaria no estaba en su puesto. Tal vez había ido al baño común del edificio. Sin la llave, que estaba junto al teclado de la computadora, que había dejado apagada. No, no estaba apagada. Sólo oscura. Igual que su tableta, con la memoria aún conectada a ella y ejecutando automáticamente un archivo de video, lo sabía por la barra de reproducción que corría al fondo de la pantalla. Pero sin audio. Siempre dejaba el volumen de su tableta lo más bajo posible, para no importunar a nadie cuando estuviera jugando alguna aplicación.


Todos se reirán de ti, fue la frase que llegó a su cabeza repentinamente, mientras subía poco a poco el volumen.

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