lunes, 10 de marzo de 2014

Los Otros 52, 30a Semana. "Desde Afuera".

"Estás vendado de los ojos y no tienes idea de donde estás. Describe lo que escuchas, hueles y sientes."
DESDE AFUERA

Ángel Zuare

Es como un zumbido, naciendo en sus oídos y resonando dentro de todo su cráneo. Le provoca nauseas y ganas de vomitar, hasta que finalmente escupe un líquido blanquecino entre sus labios. Siente el movimiento suave y deslizante de la superficie sobre la que está acostado y su mejilla apoyada sobre esta le indica que es un metal frío. Empieza a toser sin control mientras intenta levantarse, dándose cuenta entonces que no puede separar sus piernas y muñecas, las cuales empiezan a dolerle con tal fuerza que no puede evitar quejarse lastimeramente.

-¡Raúl, qué bueno que estás despierto! ¿Estás bien allá atrás, colega?

Ni la impresión de reconocer la voz de René evitó que el dolor de sus muñecas, atadas a su espalda, siguiera martirizándolo.


Hola, Raúl. Fue lo que René había dicho cuando finalmente abrió el almacén donde él y el Doctor se habían refugiado aquella noche, cuando todos empezaron a matarse entre ellos. La noche en que los compañeros de oficina se arrojaron unos contra otros para apuñalarse las gargantas con sus plumas o arrancarse los ojos con los dedos. La noche en que completos desconocidos agarraron palos, tubos o piedras para golpear a las primeras personas que se les atravesaran. La noche en que Raúl, tras perder la última mano de póker con René, su compañero en el turno nocturno como vigilantes de un edificio de oficinas, bajó al estacionamiento, encontrándose de repente a mitad de una barbárica pelea entre varias personas, que tal vez lo hubiera matado si no hubiera logrado llegar trastabillando a un almacén de mantenimiento, y si su amigo, el Doctor, no lo hubiera ayudado a abrir la puerta para que ambos se ocultaran ahí un par de horas. Pero finalmente los habían encontrado. Y precisamente René, entregado al frenesí de violencia que se desató aquella noche, fue quien abrió la puerta.

El Doctor se había agazapado en un rincón del almacén mientras Raúl, con su tonfa entre las manos, encaraba a quienes aparecieron tras la puerta, encomendándose a un dios a quien nunca le rezaba y entendiendo que enfrentaba una batalla perdida. René, después de saludarlo de manera tan sombría, sonrió mientras se hacía a un lado para que alguien de los que venían atrás de él se lanzara sobre Raúl, quien respiró agitadamente tres veces antes de recibirlo con un golpe de la tonfa en el estómago. Luego la giro con un movimiento rápido para bloquear un golpe de otra persona, que venía por arriba. Sujetó la muñeca de este atacante y la giró hasta escuchar un crujido y un grito, antes de empujarlo contra otros que ya venían entrando. Manjarrez, su instructor de la academia de policía, habría estado orgulloso si lo hubiera visto defendiéndose, bloqueando golpes, devolviéndolos y soportando con fuerza los que llegaban a darle. Cuando se distrajo para ayudar al Doctor, quien trataba de defenderse lo mejor que podía, alguien lo embistió contra unos anaqueles, cayendo al suelo. Golpes y patadas en todo su cuerpo fueron nublando su visión poco a poco. René nunca se movió de la entada.

El dolor también se hizo presente en su pecho, sus brazos y alrededor de los muslos. Y un objeto que ceñía dolorosamente su cabeza también le cubría sus ojos, dejándolo en la oscuridad. Raúl lanzó un rugido, mezcla de dolor y frustración.

-Supongo que no, entonces…- comentó René. -No te apures, ya casi llegamos.

-¿A dónde…? ¿A dónde vamos?- preguntó Raúl, con mucho esfuerzo.

-Es una sorpresa, colega…

Raúl tuvo deseos de gritarle hasta perder la voz, pero trató de tranquilizarse y no moverse demasiado. Respiró la suciedad y el polvo que cubría la superficie donde estaba tendido, que lo hizo toser nuevamente. El movimiento y la vibración en el del suelo eran de desplazamiento y reconoció el sonido de un motor acelerando.

-Vaya que les diste pelea allá atrás-, dijo René. –Realmente no entiendo por qué te dieron de baja en la policía-. Su voz resonaba alrededor de Raúl, como si estuvieran dentro de una habitación. Una con muros metálicos.

Una vagoneta, pensó Raúl. De las que usan los del piso quince. Nos dejan copias de las llaves.

-Y esconderse en ese almacén también fue buena idea-, siguió René. -¿Fue tuya o del doctorcito?

-El Doctor…- musitó Raúl, tratando de ignorar el dolor de todo su cuerpo. -¿Dónde está el Doctor, René?

-En ese mismo almacén donde se encerraron. Imagino que regando sangre y sesos por todo el suelo.

Esta vez le fue imposible serenarse. Raúl lanzó un rugido de furia y se retorció tanto como se lo permitía aquello que lo tuviera atado de brazos y piernas. Rodo sobre el piso de la vagoneta hasta que sus hombros y cabeza chocaron contra los costados. Tras unos minutos finalmente se quedó sin fuerza, inmóvil, mordiéndose un labio y llorando en silencio bajo la venda en sus ojos.

-Es un nuevo mundo, Raúl. Tal como lo dice el padre todos los domingos, cuando llevó a la mujer y a los niños a la iglesia. Es el arrebatamiento y la revolución. El juicio de Dios sobre todos los que son y han sido. Es el nuevo diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra sin fuego ni azufre, porque ahora nosotros somos el brazo de Dios, llenando las calles de sangre. Los débiles sucumben y los fuertes se liberan.

Raúl, en la oscuridad donde estaba sumergido, sólo puede escuchar a René, hablando en un todo cada vez más lúgubre. Luego llega a sus oídos el sonido de los claxon de varios autos, de motores acelerando, de neumáticos rechinando sobre el asfalto y de metal chocando entre sí. Escucha también gritos de hombres, mujeres y niños, de cristales despedazándose y disparos hacia el cielo. También alcanza a oler el humo, que le lleva aromas de madera y carne quemándose. Trata aún de no moverse y de ignorar el dolor en su cuerpo, pero sus muñecas y tobillos se sienten húmedos y tibios. Y cada respiración que infla su pecho duele como si varios fragmentos de vidrio penetraran su piel al mismo tiempo.

-René… ¿Con qué…? ¿Con qué me amarraste..?

-Fue lo único que encontré, colega. Un carrete de alambre de electricista cobre y otro poco de alambre de púas. Ya sabes, el que usan para rodear los cables que quedan descubiertos, para que no los roan las ratas. ¿Recuerdas cuando encontramos una atrapada entre las púas? Cómo me la recuerdas ahora…

-¿A dónde vamos, René..?- preguntó Raúl, principalmente para evitar sollozar por el dolor. -¿Qué me vas a hacer?

El auto se estremeció de repente al chocar contra un objeto que no opuso resistencia y cayó bajo las ruedas de la vagoneta. –Ups. Lo siento- susurró René sarcásticamente, antes de empezar a reír a carcajadas…

Raúl sintió que el vehículo dio vueltas en algunas esquinas, aceleraba en otras calles y cruzaba puentes o pasos a desnivel, antes de reducir su velocidad y finalmente detenerse.

-Llegamos, colega- comentó René. Raúl lo escuchó abrir la portezuela y bajar del vehículo, rodear la vagoneta y abrir la puerta trasera. Trató de arrastrarse lejos de él, pero la mano de René sujetó el alambre que rodeaba sus tobillos y tiró hacia afuera. El dolor del alambre tallándose contra sus piernas, pecho y el suelo de la vagoneta lo hizo gritar, hasta que su cabeza cayó, chocando contra la defensa del vehículo. Su espalda cayó sobre el pavimento, hundiéndole las púas a todo lo largo de su espalda. Tomo aire profundamente antes de empezar a gritar por ayuda, tan fuerte como pudiera. Tres patadas contra su estómago le quitaron el aliento. Una cuarta, en rostro, provocó que la sangre le cerrara la garganta.

-No voy a estar cargándote todo el camino, así que…- Raúl sintió como René introducía algo para cortar el alambre que sujetaba sus tobillos y las piernas. Luego lo tomó debajo de los hombros para obligarlo a ponerse de pie y caminar. Raúl se movía lentamente. El alambre había desgarrado sus tobillos y le costaba trabajo caminar. Más de una vez perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre suelo adoquinado o sobre el pasto de alguna jardinera. Llegó a su nariz el aroma de un duelo silencioso entre los olores de una coladera abierta y de unas rosas blancas. Raúl se estremeció al reconocer ambos.

-No… - susurró antes de que René lo empujara contra una puerta enrejada. Esta se abrió y Raúl cayó sobre escaleras de concreto, reconociendo la muesca de uno de los escalones. Se tropezaba con ella casi siempre que bajaba. –No seas cabrón, René…

-Siempre tuve la idea de hacer esto-, susurró René mientras levantaba a Raúl y lo obligaba a subir el primer tramo de escaleras. –Ya sabes, esas ideas que vienen mientras estás comiendo y no piensas realmente en nada… ¿Si crees que esté tu mujercita?

Raúl gritó e intentó defenderse lanzando a ciegas una patada hacia René, pero este lo sujetó del tobillo y lo derribó de nuevo contra las escaleras. Lo sintió inclinarse cerca de su rostro para susurrarle al oído:

-Mira, Raúl. Me costó mucho trabajo quitarte de encima a todos esos que sólo querían arrancarte la cabeza allá, en el almacén. Lo bueno es que muchos se distrajeron con tu amigo, el Doctor, mientras yo te arrastraba fuera de ahí. Así que no te me pongas pesado, colega.

René lo sujetó del alambre que rodeaba su torso y lo levantó en vilo. Raúl gritó cuando las púas se incrustaron en su pecho y la sangre empezó a fluir con más fuerza a través de la camisa de su uniforme. Sujetándolo así, René lo obligó a arrastrarse por los tramos de escalera que faltaban.

-¡Por Dios, René..! ¡No lo hagas..! Por favor…- suplicó Raúl cuando se detuvieron en el piso que reconocía como suyo. René, en cambio, lo sujetó de la nuca y estrelló tres veces su cabeza fuertemente contra una puerta, gritando:

-¡¡¡Mi vida, ya llegué!!!

Cuando René lo soltó, Raúl, apenas consciente y sin equilibrio, cayó en la esquina que formaban la puerta y la pared. La mano de René se acercó a su cara y le arrebató la franela que cubría sus ojos. Cuando su visión se acostumbró a la luz fluorescente del edificio, Raúl se estremeció ante la imagen de René, con su uniforme de vigilante destrozado y largos hilos de sangre que corrían desde las heridas aún abiertas en su rostro y brazos.

-No quiero que te pierdas esto…

Raúl lo intentó, pero ya no tenía fuerza ni aliento para defenderse, para suplicar, para advertirle a su esposa, ni para maldecir o gritar. 

-Me pregunto qué tan fácil será arrancarle…

El estallido atravesó la puerta y mandó el cuerpo de René contra la puerta del vecino. La sangre salpicó todos los muros y a Raúl, quien vio a René, con una masa sanguinolenta donde solía estar su estómago, estirando sus brazos para sujetarse a algo que lo mantuviera de pie, antes de finalmente caer al suelo. Sus miradas se encontraron un momento. La de René visiblemente sorprendida. La de Raúl, tan serena como le era posible. Como si tratara de hablarle a través de ella y decirle: ¿Quieres saber por qué me dieron de baja en la policía? Por hacer perdidizas las armas decomisadas… Grandísimo imbécil…

Levantó la mirada y reconoció a Fabiola abriendo lo que quedaba de la puerta y salir, sin dejar de apuntar a René con la escopeta recortada. René, al verla acercarse, lanzó un agudo grito, salpicando sangre por su boca, antes de que otro disparo borrara su cara por completo.

Raúl escuchó sollozar a su mujer antes de que esta volteara. Al ver a su marido tirado al pie de la puerta, sangrando profundamente por las heridas, los golpes y por el alambre alrededor de su cuerpo, la expresión de su rostro cambió de repente. Cubrió su boca con la mano para ahogar un grito y bajó la escopeta mientras se recargaba en la pared.

-Fabiola…- susurró Raúl cuando logró recobrar el aliento. -… Ayúdame… El cortacables… Quítame esto… De prisa…

La mujer se dejó caer lentamente hasta el suelo, sin apartar la mirada de su esposo. –Pensé que… Me asomé por la mirilla y…

-¡Fabiola, toda la ciudad está enloquecida..! ¡Hay que irnos ahora..! ¡Ayúdame, carajo..!

-Pensé que eras tú, Raúl… Pensé que eras tú…


Raúl quedó en silencio al escuchar las palabras de su mujer. La miró fijamente, sin prestarle atención al dolor en sus brazos y pecho. Ella empezó a llorar, cubriendo su rostro con las manos y dejando resbalar la escopeta por las escaleras. 

* * *

(Este cuento se vincula estrechamente con otro escrito anteriormente en ese proyecto, y que pueden leer en este vínculo)
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