lunes, 3 de marzo de 2014

Los Otros 52, 29a Semana. "Última Consulta".

¿Cuál es el primer recuerdo que tienes del amor?

ÚLTIMA CONSULTA

Ángel Zuare

-Buenas tardes, Jenny ¿cómo has estado esta semana?

La mujer cerró la puerta tras ella y, de manera mecánica, dejó su bolso sobre la silla colocada en un rincón del consultorio, antes de sentarse en el borde del sofá. –Un poco mejor, doctor. A veces tengo episodios sin que pueda controlarlos. Especialmente si estoy con más personas.

-Sabíamos que eso podría pasar, pero es importante que vuelvas a convivir con la gente en ambientes normales. ¿Pasó algo en particular?

-Salí a cenar con mis amigas. Estuvimos en el Vips de Durango y Eje Tres, ya lo conoce, en contra-esquina del Palacio de Hierro y un Bancomer del otro lado, desde las cinco y hasta las ocho de la noche. Éramos Regina, Martha, Viridiana, yo y Malena, a quien la acompañó su esposo sólo para dejarla con nosotros, a las cinco y media, y luego para recogerla, a las siete y media.

-¿Qué cenaron?


La mujer suspiró profundamente. –Por favor, doctor…

-Aquí estoy contigo, Jenny, no dejaré que te pierdas. ¿Qué cenaron?

Jenny volvió a tomar aliento y cerró los ojos antes de empezar a hablar de una manera cada vez más rápida, no por eso menos fluida y clara: -Martha pidió una ensalada tropical, con toronja en lugar de naranja. Viridiana otra ensalada, pero de pollo y con aderezo ranch, que pidió doble pues le gusta mucho. Malena ordenó hamburguesa de champiñones al ajillo y Viridiana la criticó recordándole la dieta que, según, viene llevando desde hace dos semanas, luego de su revisión anual en el seguro, donde salió con sobrepeso y colesterol alto. Todas nos reímos por lo de la hamburguesa, pero creo que Malena se sintió ofendida. Regina y yo pasta arrabiata. Cuando trajeron todos los platos empezamos a hablar sobre el viaje de Viridiana a Cancún con su novio, el contador de la empresa de su ex marido. Luego hablamos del trabajo de Malena como consultora, de las clases de Martha en el centro cultural y luego empezamos a hablar de mí. Les platique que la semana pasada fui al gimnasio a seguir con la clase de aeróbicos, como me lo recomendó hace quince días. Después estuve en casa, trabajando en la computadora hasta las dos de la tarde. Recalenté la comida que mi mamá me dejó preparada el domingo pasado, un guisado de atún con verduras. Seguí trabajando hasta las seis y salí a pasear al parque. Me senté a leer un rato y avancé cuatro capítulos de…

-Suficiente, Jenny. Respira y deja de hablar sobre lo que recuerdas. Respira… Bien, ¿cómo te sientes?
–Mejor. Así me puse ese día. Regina se espantó un poco cuando me escuchó. A ella no se lo he confiado como a las demás, que tuvieron que interrumpirme, así como usted lo acaba de hacer.

-¿Qué le explicaron a Regina?

-Que hace un año y tres meses me diagnosticaron Hipertimesia. Que puedo recordar claramente todo lo que me ha pasado y he vivido desde que cumplí doce años. Y que en ocasiones, si empiezo a hablar de lo que recuerdo, no me puedo detener.

-Muy bien, Jenny. Conciso y al punto. Siempre aclara que no es una enfermedad, sino una condición. Y mientras le confíes esto a más personas podrás integrarte con ellas sin problemas.

La mujer asintió con la cabeza y apretó con sus dedos el puente de su nariz, lo que hacía con frecuencia, ya fuera para interrumpir el flujo de sus recuerdos o para contener el llanto.

-Ahora, Jenny…- prosiguió el doctor. -¿Quieres intentarlo de nuevo?

-No lo sé… A veces me duele la cabeza cuando lo intento…

-No voy a obligarte, Jenny, pero…

-Lo sé, doctor. Lo sé…

“Era el sábado quince de agosto de mil novecientos noventa y dos. Hace dos días había cumplido dieciocho años y en la escuela varias amigas, entre clases en la universidad, nos pusimos de acuerdo para ir a celebrar ese fin de semana a un club llamado Penélope, que estaba en la esquina de Antonio Caso e Insurgentes. Ahora hay un restaurante y cantina en su lugar. Nos saltamos la última clase para tener tiempo de ir a arreglarnos. Llegamos a casa de Mariana y…”

-Trata de concentrarte en lo que pasó luego que llegaron al antro.

-Penélope. Era un club. Realmente era un mixclub. Había de todo: Hombres, mujeres, parejas hetero y homosexuales, chavos y profesionistas, jóvenes y hasta gente madura. La entrada principal estaba a nivel de primer piso, subiendo unas escaleras. Pagamos cincuenta pesos por cover y a través de un pasillo llegamos a nivel de pista. Había una pista central, tres plataformas para bailarines, la barra en un extremo y sillones y mesas en el rincón opuesto.

“Empezamos a beber. Éramos muy idiotas entonces. Desde el principio mezclamos alcoholes. Cerveza, tequila, whiskey y vodka. Con la tercera copa aún no estaba borracha, pero si estaba a tono. Recuerdo como Mariana se estaba cayendo de ebria y la tuvimos que llevar a recostarse en un sillón. Me ayudó Martha, pero no podíamos moverla nosotras solas mientras atravésamos una parte de la pista. Entonces alguien, un muchacho, se acercó para ayudarnos.”

-¿Cómo era?

-Vestía pantalón de mezclilla, roto a la altura de las rodillas. Una camisa de seda, estampada. De ojos y cabello castaño. Sin barba, pero con un bigote finamente recortado. Bastante guapo realmente. Nos ayudó a dejar a Mariana, ya totalmente noqueada, en el sillón. Me ofrecí a quedarme con ella y él se quedó también.

-¿Cómo se llamaba, el muchacho?-

-Doctor…

-Jenny…

-… Mariana se quedó roncando en el sillón, acurrucada y dejando escurrir saliva por sus labios abiertos. Él se quedó junto a mí, platicando. Hablamos durante horas. Sobre política, cine, las Olimpiadas y el Tratado de Libre Comercio. Martha llegó a relevarme para cuidar a Martha, para que así él y yo saliéramos a bailar…

-¿Cuál era su nombre?

-… Ninguno sabía bailar realmente, nos dimos cuenta de eso a mitad de la pista. Nos reímos y abrazamos, sin reparar en nadie más, girando y chocando contra otras parejas. Su perfume olía a madera. Los amigos que vinieron con él estaban ligando cada uno por su lado. Igual que mis amigas. Cuando Mariana logró ponerse de pie y hablar sin escupir o vomitar, Martha y su ligue de esa noche, Ricardo, se encargaron de acompañarla en un taxi. Un vocho, con placas del Estado de México. LFR-74-64.

-El nombre del muchacho, Jenny. Concéntrate…

-Me acompañó hasta mi casa, a pesar de que nos fuimos caminando. Más de una hora. Luego todavía nos quedamos platicando frente a la puerta de mi casa, número veintitrés de Carlos Zetina. Vivimos ahí otros diez años, antes de mudarnos al norte de la ciudad, para quedar más cerca del trabajo de papá y de la universidad, donde realicé el…

-Concéntrate, Jenny. ¿De qué platicaron en la puerta?

-De… de que en ese tiempo estaba sin trabajo y muy gastado por problemas de salud de un famliar. Pero que si le daba una oportunidad, me llevaría a donde yo quisiera. Le dije que cualquier lugar estaba bien y empecé a platicarle de una vez que Martha y yo no teníamos dinero para comer entre clases y compramos un paquete de pan Bimbo, un cuarto de jamón y un frasquito de mayonesa McCormick y en los jardines del parque hicimos sándwiches. Pero no me dejó llegar a esa parte, se acercó rápidamente y me besó.

El silencio entre doctor y paciente se prolongó por casi un minuto. -¿Jenny?- preguntó el médico.
-Luego se despidió y se marchó caminando hacia el sur.

-¿Se presentó en algún momento de esa noche? ¿Te dijo cómo se llamaba?

-Sí… Me lo dijo… Sé que me dijo su nombre en el Penélope y luego frente a mi casa, antes de despedirse. Me dio su número de teléfono y se lo repetí en ese momento, porque no lo apunté, nunca apuntaba nada, todo lo recordaba, no sabía que era por la Hipertimesia, yo pensaba que sólo tenía buena memoria…

La mujer empezó a sollozar, cubriendo sus ojos con una mano. –Me dio su número de teléfono y su nombre, pero no los pude recordar la mañana siguiente. No le di importancia porque yo le había dado el mío y espera que me llamara en algún momento. Nunca lo hizo. Jamás recibí una llamada o mensaje de él.

-Concéntrate en el muchacho. En su rostro. En el momento en que recuerdes que debió decirte su nombre.

-No puedo, doctor...

-Piensa en sus labios…

-Los veo, pero…

-Se movieron formando una palabra. Un nombre. Dedúcelo…  

-No puedo.

-¿Cómo se llama?

-¡¡NO PUEDO, DOCTOR!! ¡¡No puedo!! ¡No puedo recordarlo! ¡Llevo veinte años tratando de hacerlo! ¡Puedo recordar nombres y apellidos de todos mis compañeros de clase y maestros desde la secundaria! ¡Puedo recordar lo que he comido en todos mis cumpleaños y qué día de la semana fui a ver tal o cual película al cine! Recuerdo todo eso, incluso sin proponérmelo. ¡Pero no puedo recordarlo a él… ¡¡NO PUEDO!!

Los últimos cinco minutos de la consulta son para tranquilizarla, ofrecerle un té y dejarla llorar a gusto, mientras él agiliza sus notas. Finalmente ella se levanta y se encamina a la puerta.

-Ya no podré venir a consulta, doctor.

-¿Perdón?

-No voy a tener dinero para pagarle.

-Tal vez deberíamos hablar un poco sobre eso…

-No. Y no voy a dejar que Josué siga pagando esta terapia. Lo del divorcio es definitivo y creo que con lo que me ha ayudado será suficiente para bastarme sola. Si la situación me lo permite, le llamaré para retomar el tratamiento.

-Muy bien, Jenny, como guste. Pero recuerde que puede confiarme cualquier avance que tenga al respecto. Especialmente si recuerda el nombre del muchacho.

-Muchas gracias, doctor. Con permiso- la mujer salió del consultorio dejando la puerta entreabierta, mientras el médico suspiraba y terminaba de organizar sus notas de la sesión, para redactar el informe más tarde. Luego sacó el expediente de Jenny de su archivero y se sentó frente a su escritorio, esperando la llamada telefónica, justo a la media hora de concluida la consulta.

-¿Josué? Sí. Acaba de irse… Sí, me avisó que dejará la terapia. Lamento lo del divorcio. Sí, es muy orgullosa, no va a dejar que me sigas pagando… No, no hubo milagro. Ningún avance… No puede recordarte aquella noche, en el Penélope. Ni siquiera recuerda que yo iba contigo… No, no está fingiendo, realmente olvidó tu nombre… No me ofendas, Josué, claro que no le dije que eras tú y que no te comunicaste con ella por lo que le pasó a tu mamá en el hospital… Sí, claro que lo recuerdo, te costó mucho trabajo superarlo. Cambiaste mucho, Josué. Subiste de peso, te quedaste calvo por el estrés, pero te levantaste… Josue, cuando Jenny se cruzó en tu camino de nuevo lo tomaste como una señal de Dios, por eso no le dijiste que ya la conocías. Tal vez querías que esto fuera totalmente nuevo o hasta te pareció simpática la idea de que note reconociera… Ya hemos hablando de eso, no la voy a curar. No está enferma, Josué. Su recuerdo está dañado, lo que es insólito tratándose de un caos de Hipertimesia, y el estrés por no lograr recordar ese momento contigo la está lastimando… Ni siquiera debería hablarte de esto, arriesgo mi licencia por ustedes… Y si no te animas a decirle la verdad, esto no acabará muy…

Levantó la mirada de expediente y enmudeció al ver a Jenny en el marco de la puerta de su consultorio, mirándolo directamente, pero con una expresión perdida en sus ojos.


-Olvidé mi bolso- murmuró.
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