lunes, 17 de marzo de 2014

Los Otros 52, 31a Semana. "Tux".


TUX
Pingüino, estático viajero,
sacerdote lento del frío:
saludo tu sal vertical
y envidio tu orgullo emplumado.
-Pablo Neruda

Ángel Zuare

El pequeño pingüino tocó a la puerta de mi departamento una fría mañana de noviembre. Era un menudo pingüino emperador, tal como los han visto en televisión o en películas. Agitó sus alas y levantó su pico hacia mi atolondrada persona, que aún vestía pijama. Y sin esperar una invitación entró por la puerta, limpiando sus pies en mi tapete.

Antes de poder reaccionar el pingüino ya se había postrado en el suelo, frente al televisor donde yo veía las caricaturas de la mañana, desayunando mi cereal con leche. Y mientras esperaba que alguien asomara por el pasillo declarando que todo era una broma… Bueno, nunca sabré como lo hizo sin darme cuenta, sin una boca y sin pulgares con lo que pudiera usar la cuchara, pero antes de darme cuenta ya no tenía desayuno. El animal acabó con todas las Zucaritas de mi tazón.


Estando yo desempleado entonces, me fue fácil esperar en el departamento junto al pingüino todo el día, hasta que alguien apareciera reclamando por él o añorando su presencia. Permanecimos frente a la televisión toda la mañana, viendo a la Pantera Rosa, Garfield, Scooby Doo y otros animales de caricatura, dándome cuenta lo poco que lucen los pingüinos en ellas, pues nadie les presta atención si no practican kung fu, disparan armas, roban pescados o cometen alguna felonía.

Nadie se presentó ese día ni el siguiente. Ni en la semana o en lo que restaba del mes. Nadie vino por el pequeño pingüino emperador, que se había quedado en mi apartamento, acondicionándose él mismo –sin darme cuenta de nuevo-, con un cojín viejo y una caja de cartón, una pequeña cama junto al refrigerador. Supongo que para mantenerse fresco en las noches.

Lo primero, me dije, que debo hace ahora, es darle un nombre para llamarle la tención al portarse mal, si pretende quedarse aquí. Decidí llamarlo Tux, pues soy usuario de Linux desde hace varias computadoras y siempre me ha gustado su mascota: un pingüino de ojos saltones. Era mejor que la opción que tuve primero: pensando en el anime Evangelion y en el pingüino que aparece en ella, llamado Pen-Pen, llegue a pensar en llamarlo Dejo-Dejo.

¡Cuántas dudas me ayudó a resolver Tux acerca de los pingüinos! Por ejemplo, que provienen del hemisferio sur (Walter Lantz y Chilli Willy nos han engañado durante años). Comen pescado, también les gustan los crustáceos, pero, como su servidor, Tux prefiere su café veracruzano perfectamente colado.
Con su mirada de canica oscura me obliga a sacarlo a pasear. Le gusta mucho el parque. Agita el pico negativamente cuando quiero ponerle alguna correa, pero sí deja que lo tome de la aleta cuando salimos a la calle. Caminamos lentamente pues Tux no puede andar muy rápido. Su andar de pájaro bobo llama la atención de todos. Los niños se acercan a tocarlo y las mujeres a mimarlo, felicitándome por lo bonito y regordete que está. Tux se deja querer y acariciar por todos los que se acercan. Curiosa naturaleza de los pingüinos, de no temer a los humanos... Tal vez es son más sabios de lo que creemos... o sólo una parvada de ingenuos.

A veces vamos al centro comercial para comer fuera de casa o ver una película. Sus favoritas son las de terror, le gusta cubrirse los ojos con sus aletas. Pero más que a otro lado lo llevo a las pistas de hielo techadas, para que se deslice a gusto sobre su panza.

Pasamos solos la Navidad y Año Nuevo en el departamento, bebiendo hasta que Tux vomitó por el balcón y sobre el auto del vecino, que tuve que lavar la mañana siguiente, mientras Tux se curaba la cruda. Un día de febrero, con el calor en su apogeo, pasé un susto endemoniado. El pingüino había desaparecido y no lo encontraba ni en el baño, en la cocina, en el estacionamiento o el balcón. Apareció finalmente dentro del refrigerador, escondiéndose del calor. Esa noche mudé su cama entre el cajón de verduras y el congelador. Si por las noches llego triste al departamento y salgo al balcón a sollozar, Tux apaga la televisión y sale para acompañarme. Nos quedamos hasta la madrugada, yo un poco más calmado y él dormitando en mi regazo.

Tux se quedó hasta los primeros días de abril. Una mañana lo encontré junto a la puerta, llevando su pequeña cama colgando de una aleta. Sus ojos acuosos me veían alternadamente a mí y a las llaves, que estaban fuera de su alcance. Y esperó pacientemente a que yo asimilara la idea.


Se llevaba consigo una lata de cerveza, pero yo fui al refrigerador por medio six-pack que nos quedaba y lo acomodé dentro de su cama. Tux movió su pico en agradecimiento. Abrí la puerta y él se marchó esa mañana de abril, con su andar de pájaro bobo y lento. Dio vuelta por el pasillo y salió de mi vida, llevándose algo más que una caja de cartón convertida en cama y medio six de cervezas. 
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