lunes, 13 de enero de 2014

Los Otros 52, 22a Semana. "Carta a una Señorita en la Ciudad"

Desde el punto de vista de tu TV

CARTA PARA UNA SEÑORITA EN LA CIUDAD

Ángel Zuare

Querida hermanita.

Hace tiempo que no sé de ti, aunque no dejo de ver tus comentarios en el Facebook o el Twitter, como me enseñaste a hacerlo. Me agradan los nuevos amigos que has hecho en la ciudad, se ven muy simpáticos. Ojalá un día los traigas o que nos vengas a visitar al pueblo. Disculparás que te escriba de esta manera tan rudimentaria, pero realmente ando de un humor muy nostálgico, o retro, como tú le dirías: Escucho los viejos discos de mamá en su tornamesa, escribo en tu vieja máquina de escribir eléctrica y empecé a usar mi viejo teléfono celular, el que me regalaste hace 10 años, ¿recuerdas?

Nosotros estamos muy bien. Recién entre mamá y yo terminamos de limpiar el cuarto de papá y ¿qué crees que encontramos? Su vieja televisión portátil, aquella que se llevaba al trabajo, ¿te acuerdas? Apareció bien guardada dentro de una caja y envuelta en una bolsa de plástico.

La encendimos y funcionó muy bien. Claro que hay que ajustarle su antena de conejo y su pantalla apenas tiene 7 pulgadas, pero funciona. Me la lleve a mi casa y la puse sobre la cómoda frente a mi cama, para ver algo de televisión antes de dormir.



Cosa curiosa, al día siguiente desperté y el televisión seguía encendido (aunque te juro que lo había apagado antes de acostarme) y me pedía que lo sacar a pasear después de desayunar. Me Insistió tanto que, aprovechando que era sábado y no tenía trabajo en el taller, lo llevé conmigo luego de tomar mi cafecito y mi pieza de pan con queso que tanto te gusta. Luego veré si puedo enviarte un poco.

Obviamente, por ser sábado, primero bajamos al llano, donde ya me esperaban para el partido. Dejé la tele sobre un tronco mientras me ponía el uniforme y jugábamos. A veces volteaba para ver como unos niños se agrupaban para ver el viejo aparato y tocarlo para ver cómo encendía y funcionaba su sintonizador de perilla. Perdimos tres a dos, por cierto, nos toca pagar la cerveza la próxima semana.

Me asee un poco en la ribera del río que corre junto al llano antes de bajar dirigirme al centro, llevando la tele sujetándola del asa que tiene en la parte superior. Caminamos por las calles un par de horas porque a veces la tele me pedía que diéramos una vuelta por otra calle y tomábamos una ruta más larga. A veces me pedía que nos detuviéramos frente a una casa o fachada en particular durante unos minutos, antes de seguir.

Llegamos al centro después del medio día y dimos una vuelta alrededor de la plaza, deteniéndonos también frente al kiosko, nuestra vieja escuela, la iglesia o para almorzar un tamal con café bajo los arcos. A veces, si alguien me saludaba o me invitaba a detenerme para platicar, yo solamente le sonreía, levantaba la tele, me encogía de hombros y seguíamos nuestro camino.

Quiso que comiéramos en la vieja cocina de doña Esperanza, la que nos daba de comer cuando salíamos de la escuela, ¿recuerdas? Y después quiso pasar al taller donde empecé a trabajar con papá. Por suerte don Chano estaba velando ese fin de semana y nos dejó pasar a ver las máquinas, el almacén de textiles y de los pantalones ya terminados.

Después quise pasar al billar y la tele no puso objeción. Jugué y bebí con los cuates (te mandan saludos, por cierto) mientras la tele esperaba pacientemente sobre la barra y junto a la pantalla que don Piña recién ha comprado para que todos podamos ver el box o los partidos. La pobre tele de papá no podía evitar verse ridícula con su pantalla gordita y gris de 7 pulgadas junto a un monstruo de casi 40 y en alta definición.

Anochecía cuando caminamos de regreso a casa, deteniéndonos un rato en la ribera del río. Ahí me encontré con Regina, ¿la recuerdas? De la escuela. Recién regresó al pueblo, al parecer no le fue muy bien en la capital. Platicamos un rato y me ofrecí a acompañarla a su casa. Nos pusimos al día y quedamos para vernos en la semana, si teníamos chance. Me despedí de ella en la puerta de su casa y casi se me olvida la tele de papá al retirarme.

No tenía muchas ganas de cenar después de un día tan paseado, así que me dejé caer en la cama luego de regresar la tele sobre la cómoda. Te juro que no sé qué pasó, pero a la mañana siguiente ocurrieron dos cosas. La primera fue que la televisión ya no quiso encender. Por más que le moví y le busqué ya no pude encenderla de nuevo. De hecho, días después la llevé con un técnico y me dijo que ya no tenía remedio y que le sorprendía que un modelo tan viejo hubiera funcionado como yo se lo había descrito antes. Tal vez, si voy a la ciudad para verte, la lleve conmigo para que alguien la revise. Imagino que allá hay mejores técnicos.

La segunda cosa que ocurrió ese domingo fue que Regina me llamó para avisarme que había llegado un paquete a su casa, dirigido a mí. Pasé a su casa a ver de qué se trataba. No tenía remitente, pero estaba a mi nombre, eso era cierto. Al desenvolverlo apareció una vieja cinta VHS sin etiqueta. Viendo mi sorpresa, Regina dijo que podíamos verla en su sala, en su vieja videocasetera.

Al principio no reconocí las imágenes que aparecieron en la pantalla. Cierto que era yo y parecía que estaba levantando una videocámara de la cómoda de mi cuarto y saliendo de la casa cargándola junto a mí, a la altura de mis rodillas. Tal como estaba llevando la tele de papá ese día.

Todo el video eran fragmentos de lo que había hecho ese día: El gol que metí en el partido del llano (el mejor que me ha salido, debes verlo). Las fachadas donde nos deteníamos, bellamente iluminadas por el sol del mediodía o del atardecer. La gente que iba y venía en el centro del pueblo y los que se paraban a saludarme. Mis mejores jugadas en el billar y los brindis de todos los presentes. Regina y yo platicando junto al rio, hablando de ti, de nuestros padres, de nuestros amigos, de lo difícil que era la vida en la ciudad. Lo último que tenía el video fue el abrazo de casi un minuto que nos dimos al despedirnos en la entrada de su casa, mientras yo había puesto la tele sobre una cornisa para que no estorbara. Ese fue el final del video, pero en ese momento no me di cuenta porque la mano de Regina estaba sobre la mía y estaba sonriéndome.

Todavía tengo mucho que contarte, hermanita, pero en serio, ojalá puedas venir un fin de semana. Mamá te extraña, Regina prometió hacerte el pan con queso que tanto te gusta y tal vez tú puedas hacer que funcione de nuevo la vieja tele de papá, pues tú sabes más de esas cosas que yo.

Besos

Saúl

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