lunes, 6 de enero de 2014

Los Otros 52, 21a Semana. "Hursus"

Inventa un deporte nuevo

HURSUS

Ángel Zuare

-Dicen que la parte más difícil es escoger a su animal- comenta el muchacho, con suficiente volumen en su voz para que esta se grabe de manera clara y sin distorsiones.

-Es verdad- dice el hombre frente a él, abriendo un locker para arrojar adentro su maleta deportiva. –Porque el animal que escojas se queda contigo el resto de tu vida. Nadie toma esa decisión a la ligera.

-¿Que lo hizo decirse por el oso negro?- pregunta el joven vlogger mientras, a través del tablero de control que sostiene en sus manos, acerca un poco las cámaras que levitan alrededor de su entrevistado, quien saca de la maleta solamente un par de botas y un calzón elástico, ambos de color negro brillante, antes de cerrar el locker. El vlogger anota eso en la base de su tablero, donde puede realizar anotaciones al margen o resaltar detalles de sus grabaciones mediante impulsos mentales coordinados con movimientos de sus párpados.

El hombre sonríe a través de su espesa barba oscura mientras comienza a desvestirse, sin dar atención a las cámaras que siguen grabándolo. Al ir despojándose de su camisa y pantalón fue revelando el poblado vello negro que cubría gran parte de su cuerpo. –Pues supongo que lo escogí porque me gustan mucho los osos...- continúa. -Provengo del norte del país, donde son nativos, y siempre me sentí identificado con ellos. Además mi tipo de cuerpo encajaba perfectamente para que la conversión no fuera tan difícil… Y a las muchachas les gustan mucho los hombres con complexión de oso, ¿sabes?- concluye con una sonrisa que para el vlogger fue difícil no imitarla.


-Usted tenía una carrera olímpica muy destacable. ¿Por qué decidirse por esta disciplina?

-Porque después de cumplir treinta y cinco años nadie quiere patrocinar o pagar para ver a un atleta olímpico en competencias nacionales, ganara medallas o no. Intenté la lucha libre y las artes marciales mixtas, pero no tienen el mismo empuje que cuando yo era niño y dominaban la industria del espectáculo deportivo. Fue entonces que me hablaron del Atavizmo. Busqué quien me entrenara y empecé un periodo de ajuste que se prolongó casi seis años.

-¿Tanto tiempo?

-Debes entender que el Atavizmo no se parece a ningún tipo de deporte de contacto que conozcas. No se trata de vencer al oponente para ganar un título o entretener a la gente. No es sobre analizar a tu rival para deducir sus debilidades y trazar una estrategia. No es acerca de lograr una calma espiritual para canalizar energía y arrojarla en cada golpe. Se trata de olvidar todo eso para que las reacciones sean primarias e instintivas. Primordiales.

“No buscas vencer, sino sobrevivir. No buscas debilidades en tu rival, las intuyes y atacas al mismo tiempo. No buscas ganarte al público, aprendes a ignorarlos. No entras en comunión con tu espíritu, te vuelves una fuerza de la naturaleza. No logras eso en uno o dos años. Y hasta que lo logras estás listo para escoger a tu animal”.

-¿Fue complicada la conversión?

-Claro. Entonces el Atavizmo no tenía ni cuatro años de instituido como espectáculo deportivo. Los procesos de conversión no estaban tan perfeccionados como ahora. Ni lo eran cuando yo lo tomé.

-¿Fue doloroso?

El hombre, casi desnudo en ese momento exceptuando por su truza, se pierde unos segundos en su propio pensamiento antes de seguir: -¿Qué si dolió el procedimiento en sí? No, para nada. Una serie semanal de inyecciones y un tratamiento de pastillas durante tres meses y estaba listo. El dolor venía por las noches, cuando el cuerpo empieza a adaptarse y primero intenta combatir el ADN invasivo.

“No importa lo que creas saber o todo lo que leas e investigues, no puedes conocer ese dolor hasta que lo experimentas. Son días en que no puedes dormir y te lastima la luz del sol, la sola presencia del agua, el ruido de las calles y los aromas de la gente. Ahora incluyen inhibidores para eso. Ojalá yo los hubiera tenido y no solamente los analgésicos. Ni siquiera quiero imaginar cómo lo pasaban aquellos que llegaron antes que yo, que ni eso tenían”.

-Pero al final lo logró…

-Bueno, tampoco me iba a morir en el proceso, ¿verdad? Después de tres meses ya estaba listo para subir al embudo del Atavizmo, con su rejilla de metal flexible expandiéndose desde los límites del cuadrilátero hasta casi seis metros de altura. Recuerdo que originalmente tenía un nombre más técnico, pero la gente siguió llamándole el embudo y así se quedó.

Para amarrar las agujetas de sus botas, el hombre sube un pie sobre el bancó de los vestidores, haciéndolo crujir con el peso mientras sigue hablando. -Yo era naturalmente velludo antes del proceso, pero tras la conversión me brotó más barba y pelo en todo el cuerpo. A muchos les pasa. Los que utilizan ADN de tigre se les empieza a motear la piel, o los que usan de reptil se les comienza a escamar. Así que subí al embudo haciéndome llamar Hursus.

“Fue una gran noche. Cimbré el embudo hasta la cima cuando embestí al Demonio Lobo contra él, marcándole el enrejado en la espalda. Durante todo el encuentro él intentó morderme el cuello con su hocico pronunciado que le había quedado tras la conversión.

-¿Cuáles han sido sus rivales más difíciles?

-Los aves son fastidiosos. Tienden a saltar hasta la cima del embudo, obligándote a seguirlos a donde ellos tienen la ventaja. Además sus brazos son más largos que la mayoría de los ataviztas y son más fuertes de lo que parecen… Pero si hablamos de los que más odio, están los anfibios y los reptiles. Son rastreros y mañosos. Sus articulaciones se doblan de manera impredecible, expelen mucosidades, los colmillos son dolorosos y si tienen veneno… Bueno, ¿para qué te cuento?

Se gira para que las cámaras puedan grabar uno de sus hombros, donde alcanza a verse la cicatriz en forma de una mordida típica de ofidio. –El cabrón del Áspid me paralizó del cuello para abajo, quitándome el campeonato Inter-Especies y mandándome al hospital durante dos meses.

-Por cierto, sobre el Áspid…

-Algunos piensan que entre mamíferos nos entendemos para hacer equipo. No es verdad. Somos muy territoriales. Ni siquiera entre la misma especie nos soportamos…

-¿Cómo el caso de Oso Gris?

Hursus guarda silencio y fija su mirada en sus manos, apoyadas sobre la rodilla de su pierna todavía sobre el banco. –A veces… Se pierde el control. Se nos enseña a convivir con el instinto animal, no a dominarlo, porque cuando intentamos imponernos a él, este gana. El hombre desaparece y queda una bestia incontrolable. Eso le pasó a Oso Gris. No encontraba forma de vencerme y eso lo frustró demasiado.

-Rompió la rejilla del embudo y saltó sobre la gente. Hubiera matado a muchos si usted no hubiera estado ahí para detenerlo.

-Nada más lo sometí hasta que llegaron para inyectarle los tranquilizantes. Era lo que debía hacer.

-En todos los noticieros digitales lo llamaron héroe…

-¿Esos noticieros dicen que la Federación le quitó su licencia a Oso Gris? ¿Qué ahora sólo puede luchar en arenas provincianas o clandestinas, donde ni siquiera existe la certeza de que le paguen?

El joven vlogger guarda silencio y baja la vista ante la mirada penetrante de Hursus. -¿Podemos hablar acerca del Áspid?- pregunta tratando de desviar la conversación.

-Siempre quieren saber lo que pasó con el Áspid… Y siempre se los digo… Jamás lo publican. No les interesa o alguien les llega al precio para que cierren la boca.

-Yo soy independiente. Mi sitio no responde ante nadie…

-Eso no significa nada… Pero igual estás aquí y te lo diré. ¿Sabes por qué es tan importante que escojamos con cuidado al animal con quien nos vincularemos el resto de nuestra vida? La conversión no tiene marcha atrás, es permanente. Pero hay algo más. Siempre habrá inconformes que no están a gusto con el animal que escogieron o buscará combinar las garras del león con la agilidad de un chimpancé o el sonar de un murciélago o un delfín.

“Cuando me recuperé de la mordida del Áspid, un mes después pude arrebatarle el título. Y él no logró recuperarlo en las primeras dos revanchas que tuvimos. Pero en la tercera, cuando empezó a saltar entre los muros del embudo, sabía que algo andaba mal”.

“Saltaba contra mí, me golpeaba con su antebrazo o el muslo y saltaba de nuevo. Tal vez me hubiera vencido esa vez, pero entonces se colapsó sobre la lona. Empezó a convulsionarse y a toser sangre. Me acerqué a ver qué le sucedía y él me agarró la mano tan fuerte que pude sentir lo asustado que estaba. Sus miembros se retorcieron tan rápido y fuerte que cuando se lo llevaron en la camilla tenía rotas las rodillas y los codos. No llegó al hospital”.

-¿Acaso fue una conversión clandestina?

-Con ADN de ave. Nadie sabe de qué especie exactamente, pero… ¿de ave? Por el amor del cielo… Hace falta ser pendejo para…

Hursus desvió su mirada y dio la espalda a las cámaras mientras se subía y ajustaba el calzón. -¿Por qué regresar a luchar de nuevo?- preguntó el vlogger. Todos pensaban que se había retirado luego de lo sucedido.

-No quería seguir luchando entonces. No culpó a la industria, a los promotores ni al público, ni a los pendejos que no saben medirse o controlarse. No culpo a nadie. Solamente no quería seguir luchando.

-¿Por qué regresar entonces?- preguntó nuevamente al atavizta, quien terminaba de ajustarse los guantes, revelándose naturalmente tan imponente y fuerte como la especie animal que representaba en el embudo, en las fotos y en las transmisiones digitales.

-¿Sabes que los hombres hemos perdido algunos de nuestros instintos animales? Algunos de estos parecían poder indicarle a ciertas especies que se aproximaba el momento de su muerte, con una certeza casi mística. Si lo analizas, muchos ataviztas desaparecen de la vista pública cuando alcanzan cierta edad. Otros desaparecen del todo. Como el Demonio Lobo, si lo recuerdas. Encontraron su camioneta abandonada en la carretera, a orillas de un bosque del norte del país. Su ropa estaba a pocos metros de ahí, pero nunca se halló rastro de él.

-¿Y usted?

El hombre sonríe débilmente mientras camina hacia la puerta de los vestidores. –Yo tengo otras intenciones. Fue un placer, joven. Disfrute la lucha.

El vlogger permaneció perplejo durante unos minutos ante su tablero de control, con las cámaras orbitando alrededor suyo y grabando el rugido de la multitud, coreando el nombre de su ídolo:


¡Hursus! ¡Hursus! ¡HURSUS!

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