lunes, 2 de diciembre de 2013

Los Otros 52, 16a Semana. "Paraxión (Efectos Secundarios)"

Describe tu huida de una escena del crimen

PARAXIÓN (EFECTOS SECUNDARIOS)


Ángel Zuare

Al Güero no le asustó el disparo o la sangre que salpicó sus pantalones, ni los gritos de dolor del muchacho al caer sujetando su pierna herida. Tampoco le perturbó mucho la idea que apareció en su mente acerca de que ese mismo muchacho, al que por órdenes de don Manuel había estado ablandando a golpes durante casi dos horas, debía tener la misma edad que su hijo, Alberto.

Luego que don Manuel guardara su pistola y saliera del apartamento, seguido por Fernando, se inclinó sobre el chico para improvisarle un torniquete con una playera que encontró en el suelo, obligando al muchacho a usar sus propias manos para detener la hemorragia. Esto tampoco lo asusto, y mucho menos que el joven pudiera reconocerlo o que le quedaran ganas de hablar con la policía luego de esta experiencia.

No, lo que realmente le asustó fue el sonido de llantas patinando sobre el pavimento, seguido por el estruendo de un choque.


Se levantó rápidamente y giró para ver como el hombre que lo había llevado ahí y que se había quedado afuera del apartamento para recibir a don Manuel, ahora salía corriendo por las escaleras. Dejó al muchacho herido sobre el suelo, aun sollozando, y lo siguió tan rápido como pudo hasta bajar a la planta baja del edificio y de ahí correr hacia la entrada.

No logró comprender bien lo que estaba ocurriendo, pero reconoció el Audi de don Manuel detenido a mitad de la calle, visiblemente impactado contra el costado de otro auto que venía cruzando la esquina. Distinguió también las luces de las torretas y los sonidos de las sirenas de las patrullas que formaban una barricada unos metros más adelante. Las mismas luces de las torretas también proyectaban las sombras de los policías pertrechados detrás de los autos, con las armas desenfundadas.

Vio a Fernando arrastrarse fuera del Audi de don Manuel, con el rostro y el pecho de su traje y camisa cubiertos de sangre. Le vio ponerse de pie, pero no pudo distinguir si lo que intentó fue levantar las manos indicando su rendición o desenfundar su pistola, antes de que seis tiros de los policías lo derribaran al suelo. Y los disparos no se detuvieron.

El Güero vio cómo su compañero, el hombre que había salido antes, ya corría desesperadamente a mitad de la calle, antes que otra ronda de disparos lo arrojaran contra el asfalto. Cuando se dio cuenta de eso, él mismo ya estaba corriendo, pegado a los muros y escuchando los tiros dirigidos a él. Dobló en la siguiente esquina y siguió corriendo.

Puro pinche músculo. ¿Eso es lo que quieres, wey? No seas pendejo, ¿de qué te va a servir si enfrentas a alguien más rápido que tú? Necesitas rapidez, piche Güero, no siempre ganas con la fuerza bruta. ¡Ándele, cabrón, veinte vueltas a la cancha, sin repelar!

Doblo la siguiente esquina, en dirección contraria, y siguió corriendo. Escuchó a las patrullas arrancando y pasos corriendo tras él.

¿Que te zumba una botella…

Una bala.

… cerca de la cabeza? La ignoras, cabrón. Tú sigues…

Corriendo.

… luchando. Nunca dejas de luchar, ¿entiendes?

Decidió arriesgarse cuando vio abierta la entrada de una vecindad. Empujó a la parejita de muchachos que se besaba junto a ella y corrió hacia el fondo del patio, acercándose al muro que separaba la vecindad de un lavado de autos. Estando cerca saltó tan fuerte como pudo. Sus manos se sujetaron al borde del muro y sus pies se apoyaron contra la pared.

Empuja ese pinche tinaco que tienes en lugar de cuerpo, cabrón. ¿O así te quieres subir al ring? Entrar al cuadrilátero es un movimiento limpio, con estilo. ¿Pero qué estilo vas a tener si ni siquiera puedes subir la barbilla por encima de la barra? Arriba, pinche Güero. ¡Arriba!

En un movimiento pudo doblar sus brazos y pasar su cuerpo arriba del muro, cayendo del otro lado. Sus rodillas resistieron el impacto de la caída y sólo trastabilló sobre el suelo un segundo.

¿Te duele, Güero? Bien, eso significa que todavía sirve. Ya calienta, que subes en diez minutos.

La verja que cuidaba el lavado de autos fue más fácil de saltar. Dobló entra otras dos calles hasta que los sonidos de las patrullas y de los pasos que lo perseguían se escuchaban cada vez más lejos. Antes de llegar a la avenida principal tenía que atravesar un parque, y a la mitad de la calzada reconoció la figura de un policía del barrio corriendo hacia él, apenas sacando la pistola de su cinturón.

No dudes, cabrón. Nunca dudes. Si lo haces te lastimas o lastimarás a alguien. Nunca…

Corrió más fuerte y rápido para embestir al policía antes que lograra apuntarle. La pistola cayó de sus manos y ambos rodaron entre una jardinera. Instintivamente el Güero empezó a aplicar movimientos y llaves, torciéndole brazos y piernas, además de golpearle con fuerza en el pecho y la cabeza.

Acostúmbrate a los gritos de la gente. A su porras y a sus mentadas de madre. Acostúmbrate a todo eso para que puedas ignorarlos y sólo quedes tú y tu rival, cabrón. Ese es tu universo: El ring, tu oponente y tú.

Se arrastró fuera de la jardinera y su mano se posó sobre la pistola del policía. La sujetó y se puso de pie, girando para apuntarle al oficial, quien apenas lograba sostenerse a gatas sobre el suelo y respiraba pesadamente.

Empezó a retroceder y estuvo a punto de echar a correr nuevamente, cuando la voz del policía lo detuvo:
-Tú eras el Güero, ¿verdad, cabrón..? No mames… Aún pegas duro…

Su respiración se paró cuando apareció en su mente la imagen de la policía llegando directamente a su casa para arrestarlo, frente a todos sus vecinos, quienes no demorarían en avisarle a su ex esposa y a Alberto, en el taller.

-Pinche Güero… ¿Para qué te retiraste?- preguntó policía, en un susurró que escondía una risita ahogada y nerviosa.

¿Me deja invitarle un trago, campeón…? Es un honor conocerlo, soy su admirador… No importa lo que digan las revistas ni la gente sobre su edad, usted es el mejor... Por cierto, me llamo Manuel…

El Güero, respirando nerviosamente, apuntó al oficial con la pistola y quitó el seguro, tal como Fernando le había enseñado un día. El policía escucho eso, cerró los ojos y apretó el pasto entre sus puños. Lo único que escuchaba era la respiración agitada del Güero.

Se estremeció cuando escuchó un sonido fuerte, pero no había sido un disparo. Era el golpe de la pistola contra el suelo, a varios metros de ellos, seguido por los pasos apresurados del luchador, alejándose del lugar.


Sigue entrenando así y serás grande, cabrón. El mejor. Ándale, ya vete a descansar…

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