martes, 1 de noviembre de 2016

Middle Age Freak: Con Claridad e Inconsistencia


Lo recuerdo con claridad e inconsistencia:

Era 1982, o tal vez un par de años más tarde. Yo tenía seis años, o quizás más, pero sí ocurrió en el pueblo natal de mi madre, ubicado en el corazón de la sierra hidalguense. Un pequeño pueblo con crepúsculos arrebolados y un frío de mil demonios, pero lo bastante grande como para darse el lujo de tener una sala de cine (una tienda departamental ahora), al cual me llevaron una tarde-noche de octubre. O tal vez fue en septiembre. 

Esa noche fue la única vez que he visto a Mario Almada en cine, directamente en una pantalla gigante y no interpretando alguno de los roles que lo han perpetuado como icono del cine de acción mexicano de catálogo y héroe fronterizo. No, en esta película Interpretaba a un médico. Un doctor a quien el sheriff de un pueblo arquetípico del oeste de finales del siglo XIX (interpretado por Eric del Castillo), le pide su ayuda para realizar una operación delicada: la separación quirúrgica de sus hijos siameses, unidos por la espalda y a quienes ha mantenido en secreto y encerrados desde su nacimiento.



Antes de que mi edad alcanzara los dos dígitos, espantarme era relativamente fácil, pero difícilmente memorable o trascendente. Pero esa película ha sido una de las más arraigadas en mi mente desde entonces. Especialmente conforme la historia avanzaba hacia la muerte de un padre a manos del espíritu vengativo de su hijo muerto, mientras atestiguábamos a un Mario Almada más paternal que en la mayoría de sus roles y a una Rosa Gloria Chagoyán que nunca se quitó la ropa en toda la película.



También recuerdo, con la misma claridad e inconsistencia, una noche de 1986, cuando la ciudad de México frenó su ajetreo para presenciar el final de la telenovela del momento, enmarcado con el duelo actoral entre María Rubio y Gonzalo Vega, a quien, haciendo memoria, solamente pude ver una vez en pantalla grande, en su última película, antes de que su propia historia de horror, su síndrome mielodisplásico, finalmente lo consumiera.


Recuerdo de igual manera la oscuridad y semi-abandono de las salas de cine de finales de los 80, cuando Pedro Fernández, Tatiana, Julio Alemán, Joaquín Cordero y Nuria Bages eran rodeados y acosados por los mejores efectos especiales prácticos que podían conseguirse durante esos años en México, incluyendo a una muñeca que movía los ojos.


Igualmente vienen a mi mente las noches de los martes, o tal vez los jueves, también de finales de los 80, donde la televisión mostraba historias de manos cercenadas que buscaban venganza, ogros en las coladeras, parques abandonados, una Carmen Salinas que nunca regresó a su casa en el último metro y la mujer de negro que atestiguaba todo.

Hace algunas semanas, con el anuncio de la muerte de Mario Almada y, posteriormente, la de Gonzalo Vega, vuelvo a pensar en las películas, las salas de cines, las telenovelas, las manos de acero, los ojos rojos, las noches fría de octubre o septiembre, del martes o los jueves y el miedo que invadía mi mente de seis años, o tal vez más.

Sí, con claridad e inconsistencia. Tal como se conforman los mejores recuerdos.
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