miércoles, 30 de noviembre de 2016

Middle Age Freak: Café a 56kbps


En este justo momento, cuando me encuentro meditando sobre el tema para escribir esta semana, mientras la música de un playlist de YouTube ambienta mi estudio, un torrente se descarga en una ventana continua sobre el escritorio. Además, Facebook y otros servicios de mensajería están activos y la bandeja de entrada de mi correo electrónico exhibe una cantidad inusitada de spam y otros correos que, realmente, nunca me molesto en abrir. Otra ventana del navegador permanece abierta en la página principal de Google, en caso de que necesite consultar algo. Para complementar todo el cuadro, una taza de café humea sobre el escritorio.

Y es dando un vistazo a esa taza de café instantáneo con leche que, de repente, pienso en un determinado lugar. El número ciento dos de la calle Nuevo león, en la colonia Condesa de la ciudad de México.

Mi Café Internet favorito.



Generaciones recientes no podrían entender realmente el concepto que englobaba los primero Café Internet que se abrieron en la ciudad. Para ellos el Internet de alquiler –conocido sólo como El Internet- es una serie de cubículos apretados y un mostrador, o unas pocas computadoras alineadas en el fondo de alguna papelería o centro de copiado con ambiciones. Pero a finales de los años 90, el Café Internet era el punto intermedio e indefinido entre la satisfacción de una necesidad y un placer.

Mi necesidad por el uso cada vez más frecuente del Internet y la poca cobertura, aunado al encarecido costo del servicio a nivel particular, me hizo salir a la búsqueda de un Café Internet, concepto relativamente nuevo en la ciudad, inversión prometedora para muchos emprendedores y que sólo debía satisfacer tres requerimientos principales: Computadoras, Internet y café. Este último englobando un concepto de esparcimiento, relajación, comida y bebida, mientras uno navegaba tan rápido como podía permitirlo una conexión telefónica compartida de 56kbps de velocidad.

Recuerdo haber visitado varios Café Internet cerca de mi casa, buscando aquella sensación de comodidad que facilitara mi trabajo y mis deberes escolares, pero casi siempre se presentaba un factor que me hacía desistir en elegir alguno como mi favorito: poco espacio, máquinas continuamente ocupadas, velocidad de conexión deficiente, computadoras lentas o sobrecargadas de malware, o un elevado costo por hora de conexión, que de por si ya era una razón suficiente para no regresar.


El Café Internet de Nuevo León se atravesó en mi camino una tarde y casi de inmediato se convirtió en mi favorito. Tenía un costo por hora más elevado que la mayoría de los que ya frecuentaba, pero con una velocidad de conexión superior, muchas computadoras disponibles (no recuerdo haberlo visto lleno nunca) y la razón que más pesaba para mí; una máquina de café dispuesta en el fondo del local –ambientado en el espacio de estacionamiento de un edificio- para que cualquiera pudiera servirse por su cuenta.

En esos años y en mi situación particular, no podía darme el lujo de llegar indiscriminadamente al Café Internet para navegar sin ton ni son. Costaba veintiséis pesos la hora de una conexión de 56kbps –no me canso de señalarlo; ¡56 kbps!-. Necesitaba un plan. Usualmente me tomaba media hora llegar de mi casa a Nuevo León, y mientras viaja en el microbús empezaba a organizar los temas que necesitaba buscar, apuntándolos en una agenda. Me servía mi primer vaso de café antes de sentarme a recabar la información para el trabajo y la escuela, que tomaban prioridad. Hasta tenerla reunida, documentada y respaldada en mi disco floppy, era cuando pasaba al entretenimiento y a mi segundo vaso de café, que disfrutaba viendo los escasos videos que uno podía encontrar en un Internet que entonces carecía de YouTube; las páginas de Geocities y Tripod sobre cine, animación japonesa y comics, mayormente hechas por aficionados pues las casas de producción y editoriales seguían dudando sobre tener una presencia real en este medio de comunicación; además de la ocasional pornografía en imágenes de 72dpi de resolución. Finalmente, con el tercer vaso, empezaba la depuración de los cuatro megabytes de capacidad de mi correo electrónico, antes de sacar mis discos, apagar la computadora y acercarme al mostrador para liquidar mi cuenta, cotejando mi hora de salida con la de entrada, que apuntaban en un grueso libro de registro de visitas.


Actualmente el número ciento dos de la calle Nuevo León ha vuelto a ser un estacionamiento, junto a una tienda de bagels. Realmente no supe cuando ocurrió el cambio ni cuando cerró aquel Café Internet, al que dejé de visitar en algún momento. Y no fue por haber conseguido finalmente una conexión residencial a Internet residencial.

No, dejé de ir el día en que, por accidente, derramé mi vaso de café sobre el teclado de la computadora. Y aprovechando que nadie me había visto, limpie el teclado lo mejor que pude con las servilletas que colocaban junto a la cafetera, apagué la máquina y abandoné el lugar lo más discretamente que pude.


Jamás regresé ahí.
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