jueves, 8 de diciembre de 2016

Middle Age Freak: La Raza y Varios Más I: Santa Claus

  
Durante gran parte de mi niñez y pre-adolescencia, el Cine Hipódromo Condesa, construido en la base y corazón del Edificio Ermita, en la colonia Tacubaya, no sólo fue una sala de cine más en la ciudad. Fue mi cine favorito en toda la ciudad. Ahí me llevaba mi madre al menos una vez por semana, para ver, mayormente, películas infantiles o reestrenos de animaciones de Walt Disney. Al ir creciendo se convirtió en el cine al que me escapaba las tardes de los miércoles para ver otro tipo de películas y, de ser posible, disfrutar de la Permanencia Voluntaria, concepto que se ha ido perdiendo con los años, junto con el intermedio, las butacas de galería y el chocolate Toblerone.


Habiéndonos mudado a lo que, aquel entonces, era la periferia de la Ciudad de México, bajar de Santa Fe a Tacubaya no era un viaje tan largo como algunos lo sufren actualmente, pero si lo suficiente para convertir el trayecto al cine en todo un evento, tras haber revisado la cartelera para saber qué película estaba proyectándose entonces o simplemente lanzarse a la aventura de la programación de esa semana.


Recuerdo con especial deleite su diseño y arquitectura de estilo art-decó, acorde con el carácter general del Edificio Ermita, el afamado triángulo de Tacubaya y, durante toda mi infancia, el edificio de la zapatería Canadá. Recuerdo la cafetería Tic-Tac al costado izquierdo del gran arco que marcaba la entrada al cine, sus gruesos barandales en las escaleras de acceso y las ventanillas para las taquillas en cada costado. También recuerdo las largas filas que llegaban a formarse para ver algunas películas en particular. Casi estoy seguro que para ver El Mago de los Sueños la fila daba vuelta al edificio.


Puedo recordar con agrado su gigantesca sala de proyección y los pilares de motivos acuarianos que enmarcaban una pantalla sin cortinas; sus baños maltratados de la planta baja, a los que se descendía mediante una escalera de caracol; y los Noticieros Continental proyectados previo a la función estelar.

Recuerdo que en el Hipódromo mi mama y yo fuimos a ver El Secreto de la Pirámide, sin tener idea de que era una historia de Sherlock Holmes, lo que nos hizo disfrutarla aún más, y que la última película que vi en su sala principal, luego de que la cadena Lumiere lo convirtiera en un multicinema, fue Impacto Profundo.

Pero lo que más recuerdo del Cine Hipódromo Condesa, es Santa Claus.


En aquellos años, las salas de proyección tenían la costumbre de comprar o guardar copias de las películas que proyectaban para, a futuro, organizar matinés o funciones de relleno para días sin estrenos o de baja temporada. Y el Hipódromo había guardado una copia y, con ello, la costumbre de proyectar durante una semana en cada diciembre desde 1985, Santa Claus, película protagonizada por David Huddleston como un leñador convertido en Santa Claus por gracia divina; Dudley Moore como un elfo progresista y John Lithgow como un empresario villano de caricatura; todo enmarcado en un espectáculo de luces, sentimentalismo, efectos especiales que han envejecido de mala forma, lugares comunes y música de Henry Mancini. Viendo actualmente el tráiler de esta película, por Internet, me confirmo que, realmente, no me gustaría ver esta película de nuevo... Bueno, tal vez una vez más, sí.


Pero en esos años de mi infancia, diciembre no era diciembre si mi madre no me llevaba a ver Santa Claus en el viejo cine Hipódromo, actualmente rescatado del abandono y convertido en teatro. Este evento marcaba para mí el final de clases, el inicio de las vacaciones, las fiestas decembrinas y la expectativa del fin del año y la mañana de Navidad. Realmente desde entonces no he vuelto a tener un ritual que me indique el inicio de las fiestas de una forma tan alegre como lo fue estar dentro de una grandiosa sala de cine viendo esta desgraciada película. ¿Cómo tener algo así actualmente si la Navidad se viene anunciado y preparando prácticamente desde octubre? Ni siquiera mi cine consentido hubiera podido resistir ese cambio, sin desaparecer en el proceso.


Y si se lo preguntan, la cafetería Tic-Tac a un costado de la entrada, todavía sigue funcionando. Esa maldita cafetería va a enterrarme un día, estoy seguro.


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