martes, 15 de julio de 2014

Los Otros 52, 48a Semana. "Kraken".

Has hecho enojar al Kraken

KRAKEN
Ángel Zuare

There hath he lain for ages, and will lie
Battening upon huge seaworms in his sleep,
Until the latter fire shall heat the deep;
Then once by man and angels to be seen,
In roaring he shall rise and on the surface die.

Alfred Tennyson - The Kraken

13 de abril, 2010

Lisa tenía razón. Unas vacaciones lejos de la oficina era lo que necesitaba, para no regresar al hospital a causa de otro conato de infarto o algo peor. Sinceramente, cuando me dijo que, de entre todos los países que había podido escoger para esto, había elegido Islandia, me arrepentí de haberla puesto a cargo de organizar todo mi viaje; itinerario, reservaciones e incluso me quitó el teléfono para evitarme la tentación de llamar al trabajo para ver cómo iban.

Y en serio la detesté cuando bajé del avión, en el aeropuerto de Keflavik, bajo un clima que era gélido para mí, obligándome a usar mi molesta ropa de abrigo. Luego de alquilar el auto que me había reservado revisé mi itinerario, que realmente no era más que un mapa de las principales carreteras de Islandia, puntos de interés y hosterías recomendadas. Más frustrado que motivado, emprendí el viaje.


Pero realmente, luego de dos días en carreta, deteniéndome sólo para apreciar durante minutos (a veces horas) los paisajes más hermosos y pacíficos que he visto en mi vida, descansando en posadas donde desconocen por completo la idea del servicio al cuarto, pero con desayunos que devuelven a la vida la mañana siguiente, finalmente comprendí lo que significaba relajarme y la intención de Lisa al enviarme hasta acá. Es un encanto, no sé qué haría sin ella.

En menos de cinco días recorrí toda la carretera Hringvegur, que rodea toda Islandia. Practiqué senderismo, vi un encuentro de lucha glima y de balonmano. Aprendí un poco de islandés y, entre otras cosas, supe que Lazy Town, ese programa de televisión que les encanta a mis sobrinos, proviene de este país. Probé el gravlax, el kleina y me embriagué un poco con brennivín, pues no podía creer que fuera sólo papa fermentada. En la oficina no me creerán todo lo que he hecho aquí ni la buena cara que tengo ahora, con mi barba de diez días.

Actualmente me dirijo a Keflavik, para tomar mi vuelo con escalas de regreso a casa. Me he detenido en una posada a mitad de la carretera. La anciana que me registró es un amor, me calentó café y algo para cenar a pesar de la hora que era y luego me condujo a mi habitación. Ahora a darme un duchazo y a dormir.

14 de abril, 2010

Esta mañana, cuando saqué mi cartera, la cámara, las llaves del auto y otras de mis pertenencias del cajón de la cómoda, junto a la cama, sin querer desprendí todo el cajón del mueble. No lo rompí completamente, pero, mientras lo regresaba a su lugar, encontré algo en el fondo del espacio para el cajón. Un viejo cuaderno, empastado en piel negra. Sus hojas, amarillentas y cuarteadas, revelaban que era una antigüedad de al menos 50 años, tal vez más. Me llamó la atención que muchas de las primeras hojas habían sido arrancadas. Luego seguían varias escritas a mano, en islandés y con una letra muy marcada y tosca.

Mientras desayunaba le comenté a la posadera sobre este cuaderno. Ella me dijo que no lo había visto nunca en todos los años que lleva atendiendo su posada. Le pregunté si podía quedármelo y no sólo me dejó hacerlo, sino que además me ayudó a traducir las primeras páginas. Y mientras ella leía yo tomaba el dictado en mi propia libreta de viajes. Al parecer se trataba de la bitácora de un pescador, enlistando primero los preparativos para un viaje antes de empezar a escribir de una manera más convencional:

*   *   *
Contrario a los consejos de mis amigos y las súplicas de mi mujer, decidí hacerme a la mar en un último intento por conseguir una pesca que nos ayude a saldar nuestras deudas, que ya empiezan a ser demasiadas. Una madrugada, hace poco menos de un mes, cargué el Halldór con lo indispensable para viajar yo solo, pues no conseguí que nadie me acompañara. Los presagios de una tormenta próxima a nuestra región habían mellado el corazón de todos. No los culpo, yo también estoy inquieto, pero en cierta forma agradezco que ninguno quisiera acompañarme, pues si no conseguía una pesca decente no tendría nada para pagarles. Y si bien sé que la mayoría no me cobraría nada para ayudarme en mi situación, no soy un hombre que guste deberle a la gente.

Como decía, zarpé una madrugada y sin despedirme de nadie. Ni siquiera de mi mujer. El último recuerdo que tengo de ella es verla recostada sobre nuestra cama, dándome la espalda y su cabello oscuro descansando suavemente sobre la almohada. Y de Halldór, mi muchacho… Ni siquiera me asomé a su habitación para darle una última mirada mientras dormía... Me arrepiento tanto de no haberlo hecho.
*   *   *

Realmente hubiera querido que la posadera me ayudara a traducir todo lo que venía escrito en el cuaderno, pero se estaba haciendo tarde. Le pagué espléndidamente por mi estadía y seguí el camino hacia Keflavik, donde pasaría otra noche antes de mi vuelo al día siguiente. Fue entonces que noté como varios vehículos circulaban en mi misma dirección. Autos particulares, camiones y autobuses, cargados con toda la gente y objetos que podían llevar.

En Keflavik, un pueblo pequeño con el único atractivo de ser el más cercano al aeropuerto, me registré en un hotel y pasé a comer a un restaurante justo enfrente. El lugar estaba muy concurrido y me di cuenta que muchos de los autos que me habían rebasado camino aquí, se habían detenido en el pueblo. Y entonces, a través de las noticias locales en la televisión del lugar, me enteré de lo que había pasado. El volcán Eyjafjallajökull, en la zona del mismo nombre, acababa de hacer erupción hace pocas horas. Me impresionó mucho ver las escenas en televisión del volcán lanzando su gruesa columna de humo y ceniza hasta el cielo, junto con otras imágenes de las acciones de evacuación de los pueblos más cercanos. Yo mismo había pasado por esa región hace poco menos de un día.

15 de abril, 2010

Me acosté temprano la noche anterior, quería llegar al aeropuerto sin prisas. Realmente no estaba nervioso y desayuné con calma en el restaurante frente al hotel, mientras seguía informándome por televisión de lo que sucedía en la zona del volcán, que al parecer ya había tenido una erupción de menor magnitud a mediados del pasado mes de marzo, e incluso días antes se había estado estudiando la actividad sísmica que se había presentado en la zona.

Todo esto me lo tradujo del islandés una chica que venía desde Inglaterra, viajando de mochilazo. Compartimos la mesa y entonces tuve la idea de invitarle el desayuno, a cambio de que me ayudara con la traducción de las notas en el cuaderno que encontré. Sonriendo y con la boca llena de pan con pescado, tomó el cuaderno y empezó a leer:

*   *   *
Los primeros días, conforme me adentraba a la zona pesquera, no fueron diferentes a cualquiera de esta temporada. La pesca había sido muy baja para todos. Nuestras redes subían vacías y todos estaban mortificados. Pero,  ¿con quién enfadarse? ¿Con Dios? ¿Con el mar? ¿Con los peces y moluscos que se negaban a sucumbir?

Uno a uno, todos los barcos se rindieron y regresaron al puerto, tanto por la mala pesca como por los augurios de una tormenta que se asomaba sobre el horizonte. Pero ahora esas nubes oscuras permanecían sobre el Halldór, mi modesta embarcación, en aparente calma durante los primeros días de mi viaje.

Pero la pesca no mejoraba, por lo que, estando a punto de cumplir una semana en el mar, tomé una decisión: Atravesar la zona de pesca delimitada y buscar en sus linderos alguna zona más prolífica para pescar… O tal vez adentrarme más a fondo en el océano, justo donde las nubes de tormenta eran más oscuras. Una idea absurda bajo la mirada de cualquier otra persona, pero conforme iba alejándome de la zona delimitada mis redes empezaron a subir cada vez más cargadas.

Entonces, en la noche del día trece, desperté a causa del movimiento violento de mi barco. Tropecé al subir a cubierta y, en la oscuridad de una luna nueva, sólo pude ver olas encrespadas que agitaban al Halldór, pero ninguna señal de tormenta o lluvia. En pocos minutos el movimiento se apaciguó y el mar volvió a su calma habitual.
*   *   *

Tuve que interrumpirla pues tenía que marcharme al aeropuerto. Un poco frustrada por dejarla a mitad de la historia, la chica me hizo prometerle que le mandaría por correo electrónico la traducción completa cuando la tuviera. Luego de pagar y despedirme conduje hasta el aeropuerto, donde encontré una multitud de personas mayor a la que imaginaba. Abriéndome paso hasta el mostrador me enteré que, a causa de la erupción del volcán y de la nube ceniza volcánica que se extendía hacia el sur, todos los vuelos habían sido cancelados indefinidamente.

Luego de una espera inútil busqué donde alquilar una computadora para mandarle un correo a Lisa, informándole que me encontraba bien por si habían escuchado noticas de la erupción, sobre el retraso de los vuelos y que les haría saber cualquier cambio. Les reiteré que me encontraba bien y no debía preocuparse.

Dado que el aeropuerto no estaba acondicionado para albergar a tal cantidad de gente de manera indefinida, decidí regresar a Keflavik cuando empezó a oscurecer, más temprano que de costumbre por efecto de la nube de ceniza que ya cubría gran parte de esta zona. Y para distraerme de la situación, se me ocurrió preguntar en la recepción del hotel si alguien podría ayudarme con la traducción del cuaderno. Estando tan ocupados tratando de buscar acomodo para muchas de las personas que habían perdido sus vuelos este día, el gerente me habló de un viejo pescador llamado Hans, con mucha disposición para entretener a los turistas y a quien probablemente podría encontrar en la taberna del pueblo por las noches.

Esa noche, en la taberna, encontré al hombre que me describieron como Hans, sentado solo en un rincón de la taberna, envuelto en un grueso sweater bajo un overol impermeable y usando un gorro viejo de esquiador sobre su cabello encanecido. Más cordial de lo que esperaba aceptó algunos tragos antes de preguntarle si podía ayudarme con la traducción. Hans miró el cuadernillo con interés, abriendo desmesuradamente sus ojos, como si tratara de enfocar las letras:

*   *   *
A la mañana siguiente y en los días que le siguieron, las redes empezaron a subir completamente cargadas. Casi no podía subirlas al barco yo solo. Sólo en mis días jóvenes, cuando trabajaba en embarcaciones más grandes, con una tripulación de varios hombres, había visto semejante pesca. Estaba más que complacido y mucho más que feliz. Me embriagué con brennivín más de una noche, luego de guardar todo el pescado que podía en los congeladores, y me quedaba dormido de bruces sobre mi cama, con la botella colgado de mis dedos antes de dejarla caer lentamente al suelo.

Por eso creo que a nadie debe sorprender que, al amanecer del día veinte de mi viaje, cuando subí a cubierta, permanecí de pie varios minutos, tallando mis ojos más de una vez, imaginando que la luz de la mañana estaba jugándome una broma, que la resaca estaba afectándome y que, en realidad, no era una isla lo que había aparecido en el horizonte.

Revisé mis mapas más de una vez, golpeándome la cabeza repetidamente para asegurarme que no los estaba leyendo mal. Pero era cierto, había una enorme franja de tierra a babor de mi embarcación, aproximadamente a un kilómetro de distancia. Usando el catalejo podía ver la superficie rocosa de esta isla, que tenía muchas cúspides afiladas y distribuidas de manera casi regular. Empecé a acercar el barco muy lentamente hasta llegar a menos de medio kilómetro de la isla. No alcanzaba a divisar ninguna playa, solo gigantescos peñascos que parecían brotar directamente del fondo del agua. Su falta de vegetación me tenía sorprendido, pero lo que realmente me dejó sin aliento era que, sobre toda la superficie rocosa y entre sus cúspides afiladas, distinguí los cuerpos sin vida de cientos de pescados, moluscos y otras especies marinas, algunas casi tan grandes como mi barco. Lo aterrador era que ninguno de estos cuerpos, en apariencia, parecía tener más de un par de días expuestos a la superficie de esta manera.

El cielo grisáceo que había permanecido durante todo el día, empezó a convertirse en noche mientras acercaba el barco un poco más hacia la isla. Pero, con los últimos destellos de luz de la tarde, alcance a ver claramente como los riscos plagados de cadáveres de pescados, empezaban a moverse. Y con suma lentitud toda la isla comenzó a desplazarse hacia el suroeste. Aún pasmado por lo que estaba presenciando, pude ver cómo uno de los extremos de esta franja de rocas empezó  a dar la vuelta hacia estribor, permitiéndome ver en la penumbra de este crepúsculo el reflejo de las lámparas del Halldór sobre dos gigantescas superficies acuosas. Dos gigantescos ojos que se cerraron lentamente, antes de sumergirse nuevamente en el agua…
*   *   *

Hans interrumpió la lectura y, sin decir palabra, dejó el cuaderno sobre la mesa y su mirada se perdió un momento en sí misma. Pregunté si algo le ocurría, pero él tomó un profundo respiro, apresuró el reto de su bebida en un trago y se levantó, aclarando que tenía que marcharse. Traté de convencerlo para quedarse y terminar de traducir esta historia. Intenté sobornarlo con más cerveza, pero no pareció interesado. Dejé sobre la mesa el pago por lo que habíamos consumido y lo seguí hasta la calle, insistiéndole e incluso ofreciéndole dinero directamente, lo que no hice con la posadera o la chica en el restaurante.

Y es que había algo que no podía identificar en la voz del viejo pescador, muy por encima de su tono rasposo y un torpe acento al querer hablar en inglés. Me  parecía un profundo sentimiento y compasión que en ocasiones sentimos hacia el protagonista de una historia, tanto que a veces no deseamos seguir leyendo pues sabemos que las cosas no pueden acabar bien para este. Y por ese mismo sentimiento yo estaba intrigado, tanto que la calma y relajación que había adquirido estos días de vacaciones, se habían desvanecido ante la necesidad de conocer el destino de este pescador solitario y la bestia que acababa de encontrar.

Pero Hans se mostró decidido a no seguir ayudándome y siguió caminando, perdiéndose a lo largo de la calle. Regresé al hotel pasando la media noche.

16 de abril, 2010

Pasé todo el día en el aeropuerto. Los vuelos siguen cancelados. La nube de ceniza volcánica continúa expandiéndose hacia el sur. Por la noche regresé al bar esperando encontrar a Hans, pero nunca apareció.

17 de abril, 2010

Ni siquiera me molesté en regresar al aeropuerto. Pase casi todo el día en el restaurante, viendo en la televisión los anuncios de que los vuelos locales seguirían cancelados y la nube de ceniza volcánica llegaría hoy al norte de Europa, cuyos vuelos en esta región también permanecerían suspendidos. En otras noticias locales anunciaron que, por un deshielo provocado por la erupción, el río Markarfljót se había desbordado, causando daños materiales en la carretera Hringvegur. Luego empezaron transmisiones de Lazy Town. Aún no comprendo por qué le gusta tanto a mis sobrinos.

18 de abril, 2010

Busqué en el pueblo un lugar donde alquilar una computadora y respondí todos los correos que me habían enviado, compañeros de la oficina y familiares, la mayoría preguntado por mi situación. Lisa me mando uno donde se disculpaba varias veces por haberme enviado aquí y que no lo habría hecho de saber que esto pasaría. Como broma le dije que, cuando regresara, la mandaría de vacaciones al Sahara.

Ni ayer ni hoy volví a ver a Hans en el bar.

19 de abril, 2010

Mientras desayunaba Hans llegó hasta mi mesa en el restaurante y se sentó, musitando apenas un saludo. Con el bocado aún en la boca permanecí inmóvil y sorprendido, pero él no me prestó mucha atención y empezó a hablar:

-En Islandia las erupciones volcánicas son muy frecuentes, ¿sabe? La mayoría ocurren bajo el mar, afectan las corrientes marinas, hacen burbujear el agua e incuso desprenden fragmentos de tierra que emergen como si fueran nuevas islas. Y así como se surgen también desaparecen. Algunos pescadores, mucho más viejos que cuando yo era niño, pensaban que estos fenómenos eran apariciones del Kraken, asomándose sobre la superficie del océano antes de arrastras los navíos más grandes que pueda imaginar hasta el fondo del abismo que habita, ya sea sujetándolas con grandes tentáculos o con el remolino que provoca al sumergirse de repente.

Sin pedir permiso, Hans metió su mano grasienta en mi desayuno, llevándose a la boca un puñado de huevo, pan y pescado, masticando pesadamente y tragando con lentitud mientras hablaba:

-¿Sabe que entre pescadores tenemos un dicho? Cuando hay una pesca excelente decimos que hemos pescado arriba del Kraken. Y eso es malo pues muchos peces viven y se desplazan sobre esta bestia. Se alimentan de él y éste de ellos. Es una relación equilibrada. Por eso, cuando algún pescador logra capturar algo arriba del Kraken, es como si le robara su alimento. ¿Y qué cree que pueda hacer un animal de ese poder contra alguien que le roba su comida?

Entendí la ironía. Tragué el bocado que tenía en la boca y luego dejé mis cubiertos sobre la mesa. Hans, sin decir palabra, extendió su mano vacía. Comprendiendo el gesto saqué el cuaderno de mi bolsillo y se lo entregué. Los gruesos dedos de Hans buscaron la hoja donde se había quedado y siguió leyendo:

*   *   *
Ignoro si fue el instinto, el miedo o el recuerdo de las leyendas y cuentos que escuchaba cuando era niño lo que me hizo reaccionar, pero regresé a la cabina del Halldór y aceleré las máquinas para alejarme lo más que pudiera de aquella monstruosidad. Por un momento pensé que estaba siguiéndome cuando la popa del barco empezó a temblar, pero al darme cuenta que aquella criatura estaba sumergiéndose en el océano, regresando al abismo del que había surgido, me di cuenta que realmente estaba luchando contra el remolino y la succión que formaba el agua sobre la espalda de esta bestia. Seguí forzando la máquina hasta que escuché un estallido junto con el estruendo del oleaje cayendo sobre la espalda de la criatura y sobre la cubierta del barco.

Cuando las aguas finalmente se apaciguaron revisé la maquinaria del Halldór, descubriendo que había forzado demasiado el motor, dejándolo totalmente inservible. No he podido hacerlo funcionar de ninguna forma, carezco de las herramientas para reparar un daño de tal magnitud. Sin recibir respuesta alguna por la radio de emergencia, estaba completamente varado en el océano. No puedo decir que sin alimento, aunque mi agua fresca está empezando a agotarse.

Pero los peces… Puedo escucharlos nadar en enormes cardúmenes, justo debajo del Halldór, cuando no se están alimentando de los sedimentos que desprende la espalda de esta monstruosidad sobre la cual viven. Y en las noches siento como las olas cambian su curso, como si esta criatura amenazara con emerger nuevamente, justo bajo mi embarcación.

Mañana arrojaré este cuaderno al océano, dentro de una caja sellada y esperando que alguien lo encuentre, para que puedan explicarle a mis amigos y familia lo que sucedió conmigo… Y le puedan decir a mi hijo lo apenado y arrepentido que estoy por no haberme asomado a su cuarto para verle dormir, al menos una última vez.

Los extrañaré a todos. Te quiero, amor. Lo siento mucho, Halldór. Los amo a los dos.

Estoy muy asustado… Escucho que los peces están saltando sobre la cubierta...
*   *   *

Sin levantar la mirada de la última página escrita, Hans dejó la libreta sobre la mesa y se puso de pie para retirarse, antes de que pudiera invitarlo a desayunar o pagarle de alguna manera. Intenté alcanzarlo en la calle sujetándolo del hombro, pero me rechazó violentamente, musitando alguna maldición en islandés y siguiendo su camino, andando pesadamente sobre sus gruesas piernas y pasando la manga de su sweater frente a su cara, como si estuviera limpiándose la frente o sus ojos. Antes de perderlo de vista alcancé a escuchar, entre un grueso sollozo, que canturreaba algo en su torpe acento inglés:

-Yace ahí desde siglos y yacerá, cebándose dormido de inmensos gusanos marinos, hasta que el fuego del Juicio Final consuma la hondura. Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles, rugiendo surgirá y morirá en la superficie… En la superficie…

20 de abril, 2010

Hoy la televisión local anunció que los vuelos se reanudarían en toda la zona norte de Europa y que podríamos partir de inmediato. Pero no quería irme sin hacerle llegar a Hans una retribución por su ayuda. No entendía entonces porque me había compadecido tanto de aquel viejo pescador, pero luego de desayunar me dirigí al bar, donde encontré al tabernero y algunos ayudantes limpiando el sitio. Le expuse la situación lo mejor que pude, pero el tabernero no parecía comprender a quién me refería como Hans. Finalmente, como una epifanía, el hombre se golpeó la frente con la palma de su mano y sonrió:

-No, no se llama Hans. Así lo conocen muchos aquí porque con ese nombre se presenta ante los turistas. Dice que muchos terminan llamándolo así de cualquier forma. En realidad se llama Halldór. ¿Qué necesita de él, amigo?

Me tomó tiempo recuperarme de la impresión y moverme para entregarle al tabernero un sobre cerrado, donde había puesto algunas coronas islandesas y euros. –¿Podría entregárselo, por favor?

No esperé a que me respondiera y salí del bar. Subí al auto y conduje hasta el aeropuerto, donde esperé un par de horas para subír al avión que me llevaría mi primera escala. Londres.

Mientras esperábamos el despegue revisé el cuaderno y la traducción que había formado de tres voces distintas y que no diferían en el nombre del hijo y el barco del pescador. Halldór. Contrario a la recomendación de mi doctor, tome un bourbon bastante fuerte antes de despegar y me recosté sobre mi asiento, mirando a través de la ventanilla. En eso estoy consciente y de acuerdo con la policía del aeropuerto. Estaba mirando a través de la ventanilla.


Todo lo tengo difuso desde este punto. No recuerdo mucho de lo que pasó, pero la gente de seguridad del aeropuerto de Londres insiste en que, luego del despegue, me puse frenético y violento con las sobrecargos y el copiloto, pegando mi rostro en la ventanilla y gritando cosas como: ¡Ahí está, ¿no lo ven?! ¡Ahí está! ¡Esa cosa que parece un islote, una franja de tierra! ¡¿No ven como se está hundiendo en el agua?! ¡Avisen a la costa para que nadie se haga a la mar! ¡Ahí está, levantándose! ¡Está enojado! ¡Algo lo hizo enojar, eso causo la erupción, ¿no lo entienden?! ¡Se está sumergiendo, casi desaparece! ¡¿POR QUÉ NO LO VEN?!

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