martes, 22 de julio de 2014

Los Otros 52, 49a Semana. "Absolución".

Una Iglesia

ABSOLUCIÓN

Ángel Zuare
- Ave María purísima-, dijo la voz a través de la oscuridad y la rejilla del confesionario.

-Sin pecado concebida- respondió el hombre cerrando la puerta del confesionario y acomodándose de rodillas en el estrecho espacio que le correspondía. -Bendígame Padre, porque he pecado- dijo al tiempo que se persignaba. Dando su cara a la rejilla, esperó a escuchar la voz del sacerdote del otro lado. Pero ninguna voz se dejó oír y, por la oscuridad, no alcanzaba a vislumbrar nada en la otra sección del confesionario.

-¿Padre?- preguntó de nuevo. Afuera del confesionario, el sol caía a través de las ventanas del lado este de la iglesia, bañando de luz la nave central, los cirios y veladoras, las figuras de los santos en sus plataformas, a lo largo de los muros de las naves laterales, el altar, los retablos dorados y la figura del Cristo en la cruz.

-Padre…- volvió a preguntar el hombre.


-El Señor esté en tu corazón para que puedas arrepentirte y confesar humildemente tus pecados…- fue la respuesta que brotó de la oscuridad, tras la rejilla del confesionario.

-Señor...- prosiguió el parroquiano. -Tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.

La luz del sol brillaba más intensamente mientras acariciaba las bancas de la iglesia y algunas corrientes de aire entraban por las puertas principales, arrastrando partículas de polvo que, al recibir los rayos del sol mientras flotaban sin rumbo, lanzaban destellos brillantes.

-Mi última confesión fue hace seis meses. Y pido perdón a Dios por lo que he hecho...

El silencio dentro del confesionario sólo era interrumpido por los sollozos y moqueos del hombre. -Continúa- pidió la profunda voz del otro lado de la rejilla.

El polvo que flotaba por la nave central de la iglesia pareció detenerse repentinamente, aun brillando ante la luz.

-Le prendí fuego a la escuela, padre…- declaró el feligrés, quien empezó a llorar. –Fue hace unas horas… Hace un día… Hace… Lo inicié en el sótano, para que el fuego, al crecer, cerrara la entrada… Y nadie pudiera salir… Nadie salió, padre.

La luz del sol que entraba por las ventanas se movió rápidamente hasta el crucero de la iglesia, frente al altar. De este punto se propagó hacia todos los rincones de la iglesia. Desde la girona hasta las naves laterales y los transeptos, cubriendo cada espacio entre las bancas y bajo las fuentes de agua bendita y la bautismal.

Dentro del confesionario, el hombre, con su cabeza agachada, guarda silencio, interrumpido sólo por su pesada respiración. Su llanto se ha detenido y frotaba sus manos entre sí. -Continúa- pidió de nuevo la voz tras la rejilla.

-Ella no iba a escucharme de otra manera… Nunca escucha a nadie que no sea a esos niños gritando... Nunca escucha a nadie... Aunque, realmente, nadie me escucha a mí de cualquier modo… Nadie me escucha…

La madera de las bancas empezó a ennegrecerse y la luz, reflejada sobre los acabados dorados del altar, los retablos y el sagrario, alcanzó los murales que adornaban los arcos de las naves laterales. La pintura de estos empezó a gotear lentamente hacia el suelo.

-Y me quedé ahí, pero no para observar… No les di la espalda, pero jamás levanté la vista… Sólo miraba sobre el suelo los reflejos de las llamas y las sombras que corrían frente a las ventanas... Escuchaba los objetos que caían o se consumían con el fuego, junto con los gritos que crecían hasta la locura y luego se callaban.

La pila de agua bendita empezó a desbordarse sin control y los fragmentos de los vitrales sobre el retablo empezaron a moverse, uno contra otro. Las esculturas de los santos empezaron a moverse, lanzando gestos y miradas suplicantes al cielo con sus ojos grotescamente blancos. Algunos gritaban en profundos ecos mientras se arrancaban sus atuendos o cubrían sus rostros, que empezaban a disolverse como muñecos de cera.

El hombre había callado de nuevo y todavía frotaba sus manos, que empezaban a desprender un polvo negro sobre el piso del confesionario. -Continúa… Continúa…- susurró la voz tras la rejilla.
-No me quedé a observar... Me quedé a esperar que alguien llegara… A que ella llegara…

Las losetas del piso de la iglesia empezaron a levantarse, empujadas desde el fondo por una fuerza incorpórea.

-Pero nadie llegó... Nadie… Ni siquiera para controlar el fuego… Comenzó a expandirse sobre los tejados de las casas vecinas… A través de la calle, llevado por el viento… Y nadie…

-Continúa…

Los pilares cruciformes empezaron a torcerse y doblarse en formas extrañas, mientras la figura de Cristo se desprendía de la cruz y posaba sus pies desnudos en el piso tambaleante, antes de empezar a caminar lentamente hacia el confesionario.

-Continúa- le apresuró la voz.

-Nadie vino… Ni siquiera ella porque…

La figura temblorosa del Cristo llegó hasta la puerta del confesionario, dejando un rastro de sangre y cerámica sobre el suelo.

-Porque…

-Continúa…

-No llegó porque…

El Cristo apoyó una mano descarnada sobre la puerta y acercó su rostro sanguinolento para susurrar algo, con una voz que parecía arrastrarse sobre la superficie de madera del confesionario:

-Porque ella también estaba adentro.

El hombre volteó al escuchar la voz al otro lado de la puerta y se llevó las manos a su boca para no gritar. Pero entonces vio que estas estaban enrojecidas y casi carbonizadas. Tal como se veían las de ella mientras golpeaba las ventanas desde adentro, entre las llamas y gritándole su nombre.

-Tú tampoco escuchas- dijo la voz del Cristo al otro lado de la puerta.

-Padre…- susurró el hombre entre sollozos y lágrimas negras. -…Me acuso también de todos los pecados que no recuerdo… Jesús, Hijo de Dios, apiádate de mí, que soy un pecador…

Desde la rejilla del confesionario una mano delgada, fría y húmeda se apoyó sobre la cabeza del penitente. Un líquido oscuro y espeso empezó a deslizarse sobre su cabeza.

-No te absuelvo de tus pecados… En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...

El hombre lanzó un alarido y se arrojó contra la puerta del confesionario, abriéndola de golpe mientras corría hacia la entrada de la iglesia, pasando frente a las figuras inmóviles de los santos en sus pedestales, bajo los murales y vitrales intactos y ante la figura del Cristo crucificado, frente al retablo. El hombre siguió corriendo hasta perderse entre calles abandonadas, sin nadie que lo escuchara y hasta que sus gritos se apagaron.


Y lentamente, por obra de una corriente de aire, la segunda puerta del confesionario se abrió, revelando un profundo vació y años de polvo acumulado en su interior.

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