miércoles, 9 de julio de 2014

Los Otros 52, 47a Semana. "Mala Cita".

Tropiezas y caes
MALA CITA

Ángel Zuare

-¡¡CORREEEEE!!

Realmente no había sido la mejor de sus citas. Él no había sido grosero. Tal vez un poco desatento. No le había abierto la puerta del auto en ningún momento ni la dejó entrar primero al restaurante. También parecía incapaz de recordar en qué trabajaba ella, por más que se lo recordara. Ni siquiera la obsequió con algún detalle o un adorno especial para su vestido de esa noche. No ordenó la comida por ella ni se levantó del asiento cuando ella anunció que iría al baño mientras lo dejaba liquidando la cuenta.

Sin embargo, cuando ambos salieron del restaurante, ella sintió que repentinamente la sujetaba del brazo para ponerla detrás de él, mientras le gritaba.


-¡¡CORRE, ESTÚPIDA, CORRE!!- volvió a gritarle mientras ella alcanzaba a ver como su acompañante se perdía repentinamente en el mar de cuerpos, manos y cabezas que cayeron súbitamente sobre él y otros comensales que esperaban junto al valet parking. Ella lanzó un grito y retrocedió los pasos suficientes para girar y empezar a correr hacia el lado contrario.

Mientras lo hacía escuchaba tras ella gritos, rugidos y golpes que iban creciendo en cantidad y volumen, incluso mientras empezaba a doblar en las primeras esquinas a las que llegaba, pasando junto a otros restaurantes y bristos, donde sucedían escenas similares. Algunos cuerpos, envueltos en abrazos violentos, salían a través de los ventanales o las puertas de cristal, rodando hasta la calle, donde eran arrollados por conductores y ciclistas totalmente imprudentes.

Cubrió su boca más de una vez para ahogar sus gritos y no llamar la atención, mientras seguía corriendo. Sus tacones altos chocaban contra el asfalto y vestido ondeaba al viendo frío de aquella noche a la que, sin duda, ya no alcanzarían a llegar al teatro, show nocturno o lo que su cita tuviera planeado. Ni siquiera consideró regresar al auto pues ignoraba donde quedaba el estacionamiento del valet parking, ella no tenía las llaves y no sabía manejar en manual.

Lanzó una exclamación de susto y se replegó en una esquina cuando encontró un grupo de personas corriendo hacia ella, con sus ropas desgarradas, armas improvisadas en sus manos, miradas enloquecidas y rostros desencajados. Aprovechó que siguieron de largo por la calle y que no la habían visto para retroceder unos pasos antes de correr hacia el otro lado.

Dobló varias esquinas más, perdiéndose ente calles oscuras donde sólo podía escuchar rugidos que parecían provenir de todos lados, obligándola a levantar sus manos hacia su cara, para protegerse de ataques que venían de ningún lado. Desembocó a la altura del Hotel Roosevelt y siguió corriendo sobre Avenida Insurgentes, siguiendo el flujo del tráfico y volteando hacia atrás, esperando que algún taxi pasara. Pero lo único que alcanzaba a ver eran oleadas de gente que cruzaban la avenida sin precaución, huyendo o persiguiendo a otras personas para caer sobre estas y llevarlas al suelo con el peso de sus cuerpos o los golpes de sus palos, piedras y otras armas, antes de ser impactados por los coches que circulaban la avenida sin detenerse, lanzándolos por el aire antes de chocar con otros vehículos, provocando carambolas, otros choques y explosiones.

Dobló la esquina para alejarse de ese caos y se enfiló hacia el parque, pensando en atravesar su rotonda para regresar al restaurante y buscar a alguien que pudiera informarle sobre el estacionamiento del valet parking, para intentar recuperar su auto. Entonces escuchó un gruñido muy cerca, detrás de ella. Al girar la cabeza el tacón de su zapato venció contra un adoquín y su tobillo izquierdo se torció dolorosamente. Cayó al suelo, pero de inmediato volteó hacia atrás para ver como una figura caminaba hacia ella, arrastrando pesadamente su pierna derecha y estirando su mano para alcanzarla. Gruñía fuertemente a través de sus dientes apretados y su mirada permanecía fija sobre ella, quien ahogó otro grito mordiendo el dorso de su mano y abriendo los ojos desmesuradamente, mientras se ponía de pie, se quitaba los zapatos y volvía a correr, sujetando su calzado con una mano.

Se detuvo cuando un grupo de perros salió a su paso, con sus correas colgando holgadamente de sus cuellos y sus hocicos cubiertos de sangre que aún goteaba sobre el pavimento. Retrocedió asustada y al girar reconoció a la figura que aún venía siguiéndola, arrastrando su pie. Volteó aterrorizada a su alrededor hasta que distinguió la puerta abierta de un edificio de departamentos, al cual se dirigió rápidamente. Cerró la pesada puerta tan rápido como pudo, batallando con la fuerza de los perros y del hombre, que se arrojaban contra el portón antes de que ella lograra correr los seguros.

Cayó sobre la alfombra, sollozando un momento al recordar que no llevaba consigo su bolso, por lo que no tenía dinero ni teléfono para pedir ayuda, pero cuando la puerta de cristal traslúcido empezó a cuartearse por la fuerza de sus perseguidores se estremeció y se levantó para correr hacia los elevadores. Presionó los botones desesperadamente al ver como la luz indicadora del piso iba descendiendo con lentitud. Volteó al escuchar como el cristal de la puerta se rompía en pedazos, viendo a las figuras que la perseguían entrar por ella. El elevador abrió sus puertas justo a tiempo para dejarla pasar y encerrarse cuando los perros casi alcanzaban a meter sus cabezas.

Recobró el aliento sin poner atención a dónde la llevaba el ascensor. Y cuando las puertas se abrieron lentamente se reveló un largo pasillo, flanqueado por varias puertas e iluminado por las luces del techo que parpadeaban constantemente. Avanzó apresurada, tocando el timbre de algunas puertas o golpeando en otras, esperando no importunar a nadie pidiendo ayuda.

Un estruendo atrás de ella la estremeció e hizo que se volteara para ver como una puerta se despedazaba por la fuera de dos cuerpos atravesándola, cayendo al suelo envueltos en una masa de brazos y piernas ensangrentadas. Retrocedió unos pasos buscando no llamar la atención, pero su pie derecho, descalzo como estaba, resbaló en el azulejo del piso y cayó escandalosamente. Ambas personas se detuvieron y giraron sus cabezas lentamente hacia ella, mostrando sus ojos brillantes y su expresión macabra bajo la luz intermitente del pasillo.

La mujer no espero a que ellos se levantaran y se arrastró unos metros sobre el pasillo mientras se ponía de pie y echaba a correr, escuchando como ellos también se levantaban torpemente, gruñendo y gritando mientras comenzaban a perseguirla. Ella trataba de no perder el paso, de respirar correctamente como lo hacía en la caminadora del gimnasio, de no angustiarse cuando escuchó el sonido de otras puertas abriéndose y más rugidos uniéndose al de sus perseguidores o  chocando entre ellos en el pasillo, que culminaba en un acceso a las escaleras.

Se arrojó por la puerta y casi estuvo a punto de caer por el barandal metálico de la escalera. Luego empezó a descender rápidamente, escuchando como sus perseguidores tropezaban, se precipitaban por el barandal cayendo por el cubo de las escaleras o rodando sobre las mismas. Corrió hacia la primera puerta que vio junto al final de las escaleras y salió hacia el aire frío y húmedo de la calle, iluminada por luminarias que no habían sido destrozadas y faroles de automóviles que seguían en la calle, estrellados contra los postes, sobre las banquetas o a través de puertas, ventanas o fachadas de locales comerciales.

Entonces reconoció al otro lado de la calle a su cita de la noche, caminando lentamente y sujetándose con una mano el brazo contrario, que sostenía un objeto que no se alcanzaba a ver entre las sombras. Su ropa de marca estaba desgarrada por todas partes y su cabeza giraba en todas direcciones, deteniéndose cuando vio a la mujer acercarse, gritando su nombre mientras cruzaba la calle, llorando de alegría, pero deteniéndose a medio camino cuando le escuchó decir:

-Corre…

Y cuando él se giró, permitiendo que la luz de los postes iluminara las manchas de sangre en su pecho y la gruesa llave de cruz que sostenía en la mano, también cubierta de sangre, volvió a ahogar un grito con el borde de su mano.

-¡¡CORREEEE!!


Y al empezar a perseguirla a lo largo de la calle, él no podía dejar de pensar que esta era la peor cita de su vida, pero que podría mejorar notablemente si ella tan sólo tropezara una vez más.

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