viernes, 13 de octubre de 2017

Middle Age Freak: El Club de Los Perdedores



Debo aclarar algo desde ahora: no me gustó mucho la nueva adaptación de It al cine, la cual, realmente, es la primera interpretación de esta novela en película, pues aquella famosa historia que todos vimos en los años 90 era en realidad una miniserie de televisión, reeditada y distribuida por Videovisa como una película de tres horas, empacada en dos videocasetes VHS. Es clara la confusión porque esta obra realmente ponía en alto el concepto de miniserie de alto presupuesto, con actores de renombre como John Ritter, Annette O'Toole y Harry Anderson, jóvenes promesas como Jonathan Brandis y Seth Green, junto con la leyenda del escenario Tim Curry, además de un ritmo narrativo sencillo y directo por parte de su director, Tommy Lee Wallace, efectos especiales elegantemente limitados por los recursos de su época y el medio, y en general una obra que enamoró a toda una generación.
  



En cambio, para esta nueva versión tuvimos un brazo cercenado, litros de sangre en el baño, un visión de la década de los 80 que nos recuerda lo ridícula que fue realmente, y un Pennywise saltando de una pantalla durante una proyección de diapositivas y que en general bailaba entre lo absurdo y lo grotesco de una forma tan inquietante que inevitablemente se convirtió en meme. Pero esta columna no es sobre Eso. Bueno, no de esa forma.


Es sobre aquellas ocasiones que vimos esta película en nuestras videocaseteras en casa o a través de la televisión más de una vez, estando solos, en familia o en compañía de amigos que disfrutaban tanto como nosotros las maldades de Pennywise y el ingenio y fuerza de voluntad del Club de Los Perdedores para enfrentarlo en dos ocasiones distintas, a casi treinta años de distancia y siendo la segunda la más complicada porque, con treinta años encima, la vida se ve diferente. Se añora los años más jóvenes y las experiencias vividas entonces, púes las actuales se sienten más solitarias y vacías. Se busca a los amigos de antaño, pero dejamos los mensajes escritos a la mitad o el teléfono a medio marcar porque creemos que nadie responderá al otro lado ya que, igual que nosotros, esos amigos ven la vida mucho más diferente.


Así que, treinta años después estas en una sala de cine, solo, esperando que empiece una película que opera en ti más por un efecto de nostalgia que por auténtico interés, viendo llegar a un grupo de jóvenes púberes que se lanzaron también a ver la película saliendo de sus escuelas y ahora ocupan la mitad de una fila con comentarios estúpidos, carcajadas, aventándose las palomitas entre si y otras actitudes juveniles que, a mi edad, ya encuentro fastidiosas. Y mientras se desarrolla la historia de un monstruo que acosa niños y tiene el pésimo gusto de disfrazarse de payaso, piensas que definitivamente la vida ha cambiado y nada volverá a ser igual, tanto por el evidente paso de los años como por los subjetivos cambios de valores y perspectivas. En general ahora sí estas solo, viendo una película.


Entonces algo ocurre cuando termina la película. Todos esos muchachos, inquietos y ruidosos, empiezan a llamarse a sí mismos Perdedores, como los siete niños de la película, reunidos por la casualidad, con un enemigo en común y fortalecidos por las circunstancias. Se llaman Perdedores y se reúnen en un abrazo a mitad de la fila, mientras los créditos ruedan en la pantalla y la gente abandona la sala. Yo, en cambio, no puedo moverme de mi lugar y dejar de observarlos atentamente, pensando en esencia que ellos están llegando mientras yo y muchos más vamos saliendo. Ellos se quedarán y recordaran este momento cuando yo y muchos más ya no estemos aquí.



Contrario a lo imaginado la sensación ante esa idea no es desesperada o frustrante, es más bien pacífica. Y mientras esos perdedores abandonan la sala, dejándome sólo en la oscuridad, pienso en las líneas que el propio King escribió en It: Pensar que la infancia tiene sus propios secretos dulces y que confirma la mortalidad y que la mortalidad define todo el valor y el amor. Pensar que lo que ha mirado adelante también tiene que mirarlo atrás y cada vida hace su propia limitación de la inmortalidad.
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