miércoles, 3 de abril de 2013

Middle Age Freak: Tiendas, changarros y bazares (I)

 

 Publicado originalmente en Reino Geek (28 de febrero 2011)

Las pasadas semanas he realizado mis primeras compras virtuales a través de X Box Live y no solo estoy complacido por los juegos que pude adquirir: Castlevania Symphony of The Night (nunca había tenido la oportunidad de jugarlo de principio a fin) y Megaman 9 y 10 (lo retro está de vuelta), sino por la oportunidad de experimentar este nuevo método para la adquisición de productos digitales, que omite la necesidad de una tienda física.

Sin duda este es el método contemporáneo más vanguardista para la venta de estos productos (sea X Box Live, iTunes, Wii Shop, Amazón, etc.), pero cuando se trata de videojuegos la situación me recuerda un lugar en específico: Mi primera tienda de videojuegos.

Aunque suene bíblico, en el principio los juegos de video solamente podían adquirirse en almacenes departamentales, siendo exhibidos entonces como curiosidades electrónicas y sin verdadero conocimiento por parte de los vendedores acerca del producto. Sólo los almacenes Telefashion parecían tener mayor entendimiento y variedad de juegos.

Mi primera tienda especializada en videojuegos fue también la primera tienda exclusiva que Nintendo inauguró en el D. F., ubicada sobre Av. Insurgentes, justo enfrente del edificio que antes conocíamos como el Hotel de México y ahora es el WTC. Era un amplio local con decoraciones alusivas a Mario Bros. y un gran mostrador con todos los juegos de NES y Game Boy que uno podía imaginarse, además de otros productos: Lápices, parches para ropa, llaveros, cajas especiales para guardar los cartuchos y publicaciones extranjeras. Ahí compre mis primeros ejemplares de la revista Nintendo Power.

Pero el mayor atractivo de la tienda eran las máquinas de prueba: Siete pantallas, cada una conectada a una consola NES a través de un sistema que le permitía al jugador probar hasta ocho juegos distintos en lapsos de diez minutos, antes de que la consola se reseteara automáticamente.

Cada fin de semana varios amigos y conocidos esperábamos impacientes en la entrada de la tienda a que abrieran. Luego cada uno escogía su pantalla y jugaba hasta que el tiempo límite terminara y entonces cedía el turno a alguien más o escogía otro juego. Desde las diez de la mañana hasta la una de la tarde (cuando el hambre se hacía presente) la pasábamos jugando frente a estas pantallas, tratando de avanzar lo más posible en juegos como Metroid, Súper Mario 2 o Metal Gear. Y mientras, cruzando la Av. Insurgentes, maquinaria pesada trabajaba a un ritmo exacerbadamente lento para erigir lo que ahora es el centro de convenciones WTC y sus oficinas, arreglando también la fachada principal que uno de los edificios más representativos de la ciudad.

Semanalmente la tienda publicaba un boletín que, con el paso del tiempo, se convertiría en la revista Club Nintendo (hablaremos de eso en otra ocasión) y gracias a eso y a uno de sus asesores que se dedicaba a resolver las dudas de jugadores imberbes como yo, finalmente entendí como acabar con el Dr. Willy en Mega Man II (¿cómo iba a imaginar yo solo que era con el arma de Bubble Man?).

Pero el momento que más recuerdo en esta tienda fue una ocasión en que, por circunstancias que he olvidado, un día estaba en medio de la Av. Insurgentes, sólo y sin dinero para regresar a mi casa. Tenía poco más de diez años y, desesperado, lo único que se me ocurrió fue caminar hacia la tienda y pasar a saludar al gerente (un tipo que había hecho amistad con todos los que íbamos a jugar cada semana), hacerle plática y finalmente, sin menos vergüenza, pedirle dinero prestado para el pesero de vuelta a casa. Con auténtico interés en mi bienestar me prestó entonces 30 pesos, como si yo fuera su amigo de toda la vida.

Para aquel entonces iba a la tienda con menos frecuencia y, luego de este día, pasó mucho tiempo antes de que regresara, sólo para descubrir que la tienda y todas las de NIntendo habían cerrado. Jamás pude devolver esos 30 pesos y, para colmo, he olvidado hasta el nombre de aquel gerente que se ocupó en que yo regresara sano y salvo a mi casa.

No creo que X Box Live o Game Planet tengan esa clase de atención al cliente todavía.
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