miércoles, 28 de junio de 2017

Middle Age Freak: El Santo de todas las tardes.


Cada vez que un nuevo James Bond entraba en escena, obligándome a reestructurar mi jerarquía de los actores que han interpretado al agente secreto, cuando debo definir mi preferencia entre Connery, Brosnan, Dalton, Craig, Lazenby e incluso Niven y Nelson, hay una constante que permanece siempre; Roger Moore siempre es de mis menos preferidos. Aunque no menos que Nelson. Nelson fue horrible.

Hay una buena razón para esto, no se apuren a buscar donde crucificarme. Es cierto que Moore fue un James Bond digno, el favorito de muchos (aunque no creo que de la mayoría de los fans) y con un valor icónico particular dentro de la mitología del personaje. Sin embargo, en mi caso particular, considero que había un papel que Moore podía interpretar mucho mejor que a James Bond: Simon Templar.


Yo tenía diez o doce años, no recuerdo exactamente, pero era la época en que cada fin de semana debía pasarlo con mi padre en la casa que compartía con mi abuela, sin mucho que hacer realmente más que ver televisión. Una ocasión, las circunstancias hicieron que me quedara todavía el lunes siguiente. Y fue por la tarde de ese día que vi por primera vez un capítulo de El Santo en una de las incansables repeticiones que manejaba el Canal Cuatro en esos años.


Bueno, no sobra decir que la serie me abrió los ojos a un mundo de ambientes cosmopolitas y misteriosamente mediterráneos dentro de su fotografía en blanco y negro y música orquestal, conducido de la mano por un personaje carismático, intrépido, elegante, nunca desalineado y jamás despeinado, siempre presentado por un tercero como el famoso Simon Templar, dando pie a la música de entrada de la serie y al halo blanco apareciendo sobre la cabeza de Moore, quien lucía esa sonrisa suya tan característica.


Las tardes entre semana de los meses siguientes se convirtieron en una rutina de llegar de la escuela, comer, hacer rápidamente la tarea y sentarse a ver un episodio más de El Santo en nuestra televisión de antena de conejo, dentro de un departamento pésimamente ubicado para captar cualquier tipo de señal análoga, tanto que si el universo estaba de acuerdo yo podía ver el capítulo completo sin ninguna clase de interferencia. Pero la mayoría de las veces se trataba de escuchar la voz de Carlos Rotzinger como Simón Templar en una pantalla plagada de estática. En esas circunstancias El Santo se convertía en una clase de radio drama que igualmente encontraba fascinante.


Y es que El Santo siempre me impresionó mucho más que James Bond en aquellos aspectos tan emblemáticos de ambos personajes. El Santo tenía más ingenio para utilizar los recursos a su disposición, mucho más limitados que los de Bond; elegante si la situación lo ameritaba o con la ropa adecuada para la campiña inglesa, la infiltración o la vigilancia, con un guardarropa que en su mayoría pertenecía al propio Moore; situaciones más mundanas y sin villanos megalómanos buscando conquistar el mundo, solo contrabandistas, secuestradores, chantajistas o falsificadores que tenían la mala fortuna de cruzarse en el camino del que considero el mayor ejemplo del aventurero sofisticado y detective diletante de los años sesenta. En serio, ¿cómo podría encontrar interesante los vehículos del Bond de Roger Moore si El Santo tenía su Volvo P1800, y me refiero realmente SU Volvo, otorgado por la compañía automotriz a la producción de la serie y un modelo especial para el actor.


Roger Moore era El Santo y El Santo era Roger Moore, quien batalló por conseguir los derechos de los libros de Leslie Charteris para producir la serie durante siete años, trabajo por el cual rechazó el papel de James Bond en dos ocasiones. Tal vez esa pasión y apego a un proyecto personal fue lo que cada tarde el Canal Cuatro me transmitía durante una hora, con o sin interferencia.

Porque realmente muchos quieren (y pueden) ser James Bond. Pero no cualquiera puede ser el famoso Simon Templar.


Entra la música y el halo sobre la cabeza.


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