Publicado
originalmente en Reino Geek (21 de febrero 2011)
Desde su estreno a principios de febrero me he vuelto
espectador incondicional de El Sexo Débil, la nueva serie de Argos Comunicación y Cadena Tres. Motivado por su estupenda
campaña publicitaria, el precedente que el productor Epigmenio Ibarra había dejado con su anterior trabajo (Las
Aparicio) y por el prestigio de sus actores, gente de teatro en su
mayoría, el resultado es que esta serie-telenovela me ha cautivado como hace
tiempo ningún melodrama televisivo lo hacía.
Porque sí, en ocasiones me he aficionado a algunas
telenovelas y me atrevo a afirmar que todo freak treintañero ha seguido con
interés el desarrollo de, por lo menos, un melodrama… Y creo poder mencionar la
serie que todos vimos en alguna ocasión.

Y así fuera Remi, De los Apeninos a los Andes,
Bell
y Sebastián o Sandy Bell, el melodrama no era
ajeno para el público freak, que sin
embargo rechazaba abiertamente la interpretación nacional a este género, como
si su estatus (cultural, social o intelectual, escojan uno o todos) se viera
afectado si llegara a saberse que uno consume esta clase de productos. Sin
embargo todos buscamos llegar a casa justo a tiempo para ver por televisión o Internet
el último capítulo de nuestra novela.
También recuerdo algunas telenovelas que no seguí completamente,
pero que en algún momento específico capturaron toda mi atención, como el final
de Cuando
Llega el Amor, donde el personaje de Nailea Norvind, luego de confesar todas sus fechorías, se arroja
por el balcón de su habitación y luego, mientras todos la lloran al pie de su
ventana, sus ojos se abren lentamente.
Esta imagen me dejó tan impresionado que, años después y
cuando tuve el placer de conocer y platicar un poco con la propia Nailea Norvind en una premier (la de El
Señor de los Anillos, chequen la casualidad), al verla no pude evitar
imaginarme su rostro sangrando ligeramente por la comisura de sus labios, su
enigmática sonrisa con la boca cerrada y el lento abrir de sus ojos, mirando
fijamente los míos.
Cuando finalmente ella estrechó mi mano para despedirse, un
escalofrío inconsciente recorrió mi brazo y espalda. Le dije entonces que había
sido culpa del aire acondicionado de la sala. Ella asintió sin dejar de sonreírme.
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