Las pasadas semanas he realizado mis primeras compras
virtuales a través de X Box Live y no solo estoy
complacido por los juegos que pude adquirir: Castlevania Symphony
of
The Night (nunca había tenido la oportunidad de jugarlo de principio a fin)
y Megaman
9 y 10 (lo retro está de vuelta), sino por la oportunidad de
experimentar este nuevo método para la adquisición de productos digitales, que
omite la necesidad de una tienda física.
Sin duda este es el método contemporáneo más vanguardista
para la venta de estos productos (sea X Box Live, iTunes, Wii
Shop,
Amazón,
etc.), pero cuando se trata de videojuegos la situación me recuerda un lugar en
específico: Mi primera tienda de videojuegos.

Mi primera tienda especializada en videojuegos fue
también la primera tienda exclusiva que Nintendo inauguró en el D. F.,
ubicada sobre Av. Insurgentes, justo enfrente del edificio que antes conocíamos
como el Hotel de México y ahora es el WTC. Era un amplio local con
decoraciones alusivas a Mario Bros. y un gran mostrador con
todos los juegos de NES y Game Boy que uno podía imaginarse,
además de otros productos: Lápices, parches para ropa, llaveros, cajas
especiales para guardar los cartuchos y publicaciones extranjeras. Ahí compre
mis primeros ejemplares de la revista Nintendo Power.

Cada fin de semana varios amigos y conocidos esperábamos impacientes
en la entrada de la tienda a que abrieran. Luego cada uno escogía su pantalla y
jugaba hasta que el tiempo límite terminara y entonces cedía el turno a alguien
más o escogía otro juego. Desde las diez de la mañana hasta la una de la tarde
(cuando el hambre se hacía presente) la pasábamos jugando frente a estas
pantallas, tratando de avanzar lo más posible en juegos como Metroid,
Súper
Mario 2 o Metal Gear. Y mientras, cruzando la Av. Insurgentes, maquinaria
pesada trabajaba a un ritmo exacerbadamente lento para erigir lo que ahora es
el centro de convenciones WTC y sus oficinas, arreglando
también la fachada principal que uno de los edificios más representativos de la
ciudad.
Semanalmente la tienda publicaba un boletín que, con el
paso del tiempo, se convertiría en la revista Club Nintendo (hablaremos
de eso en otra ocasión) y gracias a eso y a uno de sus asesores que se dedicaba
a resolver las dudas de jugadores imberbes como yo, finalmente entendí como
acabar con el Dr. Willy en Mega Man II (¿cómo iba a imaginar yo
solo que era con el arma de Bubble Man?).
Pero el momento que más recuerdo en esta tienda fue una ocasión
en que, por circunstancias que he olvidado, un día estaba en medio de la Av. Insurgentes, sólo y sin
dinero para regresar a mi casa. Tenía poco más de diez años y, desesperado, lo
único que se me ocurrió fue caminar hacia la tienda y pasar a saludar al
gerente (un tipo que había hecho amistad con todos los que íbamos a jugar cada
semana), hacerle plática y finalmente, sin menos vergüenza, pedirle dinero
prestado para el pesero de vuelta a casa. Con auténtico interés en mi bienestar
me prestó entonces 30 pesos, como si yo fuera su amigo de toda la vida.
Para aquel entonces iba a la tienda con menos frecuencia
y, luego de este día, pasó mucho tiempo antes de que regresara, sólo para descubrir
que la tienda y todas las de NIntendo habían cerrado. Jamás pude
devolver esos 30 pesos y, para colmo, he olvidado hasta el nombre de aquel
gerente que se ocupó en que yo regresara sano y salvo a mi casa.
No creo que X Box Live o Game Planet tengan esa
clase de atención al cliente todavía.
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