Detesto
la lluvia, no es un secreto para muchos. Pero debo aclarar que no la odio como
tal, no. El problema es que no encuentro nada más molesto que una tarde que se
complica a consecuencia de un aguacero inesperado e impetuoso: el tráfico se
alenta, el clima recrudece por el frío y si estás por la calle, sin paraguas,
sólo puedes guarecerte o tolerar la ropa empapada y el cabello escurriendo. Y
si hablamos de tormenta eléctrica, el riesgo de cortes de energía aumenta
considerablemente. Además, si tomamos en serio a la meteoropatía, las nubladas
tardes de lluvia traen consigo la pereza, depresión o ansiedad.
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