Lo recuerdo con claridad e inconsistencia:
Era 1982, o tal vez un par de años más tarde. Yo tenía
seis años, o quizás más, pero sí ocurrió en el pueblo natal de mi madre,
ubicado en el corazón de la sierra hidalguense. Un pequeño pueblo con
crepúsculos arrebolados y un frío de mil demonios, pero lo bastante grande como
para darse el lujo de tener una sala de cine (una tienda departamental ahora),
al cual me llevaron una tarde-noche de octubre. O tal vez fue en septiembre.
Esa noche fue la única vez que he visto a Mario Almada
en cine, directamente en una pantalla gigante y no interpretando alguno de los
roles que lo han perpetuado como icono del cine de acción mexicano de catálogo
y héroe fronterizo. No, en esta película Interpretaba a un médico. Un doctor a
quien el sheriff de un pueblo arquetípico del oeste de finales del siglo XIX
(interpretado por Eric del Castillo), le pide su ayuda para realizar una
operación delicada: la separación quirúrgica de sus hijos siameses, unidos por
la espalda y a quienes ha mantenido en secreto y encerrados desde su
nacimiento.
